El médico de Evo (I)


Francisco Saturnino, fotografiado por Avelino Rodríguez en su habitación del Hogar Español de Asunción (1948)

De nuestro personaje de hoy nos da noticia el periodista Avelino Rodríguez Elías, que lo localiza en el Hogar Español de Asunción (Paraguay), el 19 de marzo de 1947, cuando se dispone a celebrar sus primeros cien años de vida.

Se llama Francisco Saturnino Martínez, sin segundo, como entonces se dice. De su centenario se deduce por tanto que nace el 19-III-1847, y sin embargo no le ponen José.

Lo hace en Viveiro y ya en edad moza se convierte en trotamundos, aunque de cortas etapas, pues se traslada de la ciudad del Landro a la del Masma, Mondoñedo, y de allí, a la del Xuvia, Ferrol, donde se beneficia de las ayudas de la Fundación del marqués de Amboage, que mediante pago libra a los jóvenes del distrito de las obligaciones militares.

Joven y sin cargas, nuestro célebre se traslada a Lisboa, donde trabaja y se lo pasa muy bien, según su propio testimonio; pero al cabo de unos años la capital portuguesa se le queda pequeña y decide dar el salto al Brasil, y de ahí, a Bolivia, siempre en aras de vivir lo más feliz y despreocupado posible.

Se gana lo poco que necesita con una máquina fotográfica que le permite revelar al minuto y vender ese instante a novios, pandillas y militares. El minutero recorre Bolivia cuando tropieza con indígenas aimaras, de mal nombre collas, predecesores de Evo Morales.

Por razones que solo se intuyen, los aimaras dan en pensar que Francisco Saturnino es un curandero _ quizá por la cámara instantánea _, y le piden que cure a los enfermos de su grupo.

Pasado el tiempo, el de Viveiro explica que no cree oportuno contradecirlos y se mantiene en su papel de falso menciñeiro.

Con agua azucarada y cocimientos de hierbas sale del apuro sin curar demasiado, pero también sin matar a nadie. Al menos hasta que desaparece como puede.

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