Juana, subalterna a su pesar

Fortuna (x), tras rematar la faena

En el apartado de célebres por un día ocupa un sitial destacado la lucense Juana López y López, de idénticos apellidos que Julia, aquella mujer que sobrevive al hundimiento del Princepessa Mafalda.

Juana de 66 años, también vive en Madrid el 24 de enero de 1928. Ese día, Nicolás Fernández amanece en Carabanchel Bajo enfrascado en las labores de conducir tres astados al matadero, dos toros y una vaca. Algo hace mal porque uno de los astifinos se tira a la calle y en veloz carrera se dirige al Puente de Toledo, que es el camino más corto para llegar al centro de la ciudad.

El bicho reparte sustos mientras es seguido por un muchacho que toma a la vaca de una cuerda a manera de cabestro, confiado en poder reducir a aquella fiera desatada.

De Toledo, que es puente, a Segovia, que es puerta, y allí el toro se encuentra frente a frente con Juana, que siendo de Lugo, se asusta lo justo a la vista del morlaco y trata de protegerse detrás de un árbol.

Sin embargo, algo ve en ella el animal, que decide hacerla su primera víctima. La coge, la empitona, la zarandea y Juana vuela por los aires en imposibles volteretas. Pero no se ceba en ella y el toro enfila ahora el Paseo de la Virgen del Puerto.

Recogen a Juana y la conducen a la Casa de Socorro del distrito de Palacio, donde le aprecian conmoción visceral y contusiones en la cabeza y el tórax, de pronóstico reservado, aunque la policía la califica de grave. Vive en Pinos Alta 7 (Tetuán de las Victorias), calle que hoy se mantiene.

El reguero de heridos, brincos y topetazos se prolonga por Ferraz, Plaza de España y Leganitos, hasta que en la Red de San Luis es estoqueado por Diego Mazquiarán, Fortuna, torero de profesión, entre los entusiastas aplausos del respetable, peatones y conductores que en aquel momento circulan por la Gran Vía.

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