Valentín, el preso de la lima

Valentín ocupó la celda 11

Es un clásico de los chistes gráficos. El preso que recibe una enorme lima camuflada en una barra de pan, en la tarta, en un libro…

¿Pero existe realmente algún preso que base su fuga en las propiedades de una lima? Al menos en Lugo hubo uno. Se llamó Valentín Rodríguez Álvarez, aunque a veces decía ser Lázaro Álvarez y haber nacido en Bilbao.

Es un especialista en robos y timos. Por haber entrado en la casa del industrial Rosendo Barrio, vecino de la calle de San Marcos, es condenado a seis años. Valentín teme que lo destinen a Burgos para cumplir allí, porque en la Prisión Central burgalesa las ha hecho de todos los colores y los funcionarios se la tienen jurada.

De modo que planea escaparse antes de la de Lugo. Los días previos al 1 de diciembre de 1916 los vigilantes observan que Valentín les sonríe, obedece y respeta como nunca ha hecho hasta ahora. Eso es sospechoso.

José Láncara y Faustino Vilaró entran de forma inesperada en su celda, la número 11 de la primera cárcel celular lucense, y lo ven dormido. Le hacen levantarse y comprueban que está vestido hasta con calcetines para salir pitando. Examinan los barrotes de la ventana y certifican que están a punto de ser arrancados con leve esfuerzo. Tres limas aparecen en el cacheo que realizan a Valentín.

Es la prueba. La lima existe como instrumento para la fuga, pero ¿quién y cómo se las entrega? Valentín cuenta una estrafalaria historia, según la cual alguien escala hasta su ventana y se las da en mano. Es imposible. Entonces recuerdan que una mujer vino días atrás con una colchoneta de regalo para él. No se la dan, pero Valentín pide por favor que al menos le dejen usar la almohada. Y así sucede. Las limas viajan ahí, albergadas en la zona central de la lana.

¿Quién es tan inútil como para no detectar tres gordas limas en una esponjosa y blanda almohada?

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