Precio Fijo en borregas

Parecer lo parecen

Para la falsificación de moneda abundaba un molde y un troquel, aunque hubo una época anterior que ni eso.

Si en las primeras décadas del XX usted oye hablar de borregas es probable que no se estén refiriendo a ningún animal, sino a monedas de latón cubiertas de una capa de pintura gualda con apariencia áurea. Lobos con piel de oveja, o borregas.

El 7 de abril de 1912 es feria en Castroverde y cuando los de Bolaño, Pena, Serés y Montecubeiro inician la retirada, se dan de bruces con Luisiño, un rapaz que sentado a la vera del camino llora magdalénico y borbotónico.

Le preguntan qué le pasa y Luisiño, que tiene cara de pillo, pero la disimula con el llanto, explica:

_Foi o demo que me tentou. Eu servía na casa dun abade e o crego gardaba nunha ola de barro unha morea de moedas de ouro relucintes coma Lourenzo. Collinas e agora andan os civís detrás miña. Quen me dera verme libre destas moedas que van ser a miña perdición!

De entre los feriantes surge un individuo bien trajeado que le pide a Luisiño le muestre las monedas. Así lo hace y el pájaro se asombra de su calidad y valor, tal como si viniese de trabajar veinte años en las minas de Eureka, en Nevada.

_Douche dous duros por cada unha delas.

_Un intre _ le interrumpe uno de los reunidos _. Nós estabamos antes e ademais… eu doulle tres duros por peza.

_Eu quero cinco moedas!

_Eu, seis!

Alguien corre a casa del alcalde para pedirle prestadas hasta cien o doscientas pesetas. Aquello no parece tener fin, porque una vez despachadas las borregas iniciales, por arte de magia aparecen otras en los bolsillos de Luisiño. Que nadie se quede sin ellas.

Y si a tres duros vende las primeras, a tres venderá las últimas. Que nadie diga que el chaval no es honrado y que en su negocio no mantiene el cartel del Precio Fijo.

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