Muy pocas veces pasa

La Pepita Reyes de los Álvarez Quintero es coetánea de la lucense

A los timadores se les concede un plus de ingenio del que carecen los ladrones, a no ser que pertenezcan a la prestigiosa cofradía del guante blanco.

La novedad es que hoy el gremio de timadores actúa con las cartas marcadas, es decir, desde instancias oficiales y con dinero público, y a eso nadie le da valor, sino espanto.

En toda Galicia hubo timadores de gran altura y timados superlativos por creerse más listos que Luis Candelas.

Esto le pasó a la lucense Pepita Reyes, de igual nombre que la protagonista de los Álvarez Quintero. Allá por 1903, Pepita vive en la calle San Antonio de Vigo dedicada a la vida alegre, previo paso por taquilla, o a escote pericote, según viniesen, porque ella tiene novio, alhajas y un capital ahorrado de 1.250 pesetas, que no da para comprarse un chalet en Niza como otras, pero que tampoco son raspas de miseria.

Una gitana de labia florida que sabe de pies y cojeras le propone a Pepita descubrir los íntimos pensamientos de su novio. Si anda con otras, o si lo tiene colado por sus huesos, aunque sus huesos vayan a subasta cada tarde-noche.

El método es muy reputado y ancestral. Se llama el cofre mágico. Hay que meter en un baúl las alhajas y el dinero envueltos en un pañuelo. Al cabo de unos días los cielos se abren y a la dueña del parné arriba la clarividencia, como arriba el bus de Gómez de Castro, que hace el Vigo-Lugo.

Pronto descubre Pepita que en el baúl solo hay un amasijo de clavos retorcidos y llora su desgracia por creída. Al año siguiente regresa a su casa de Lugo y allá por el 30 de mayo, una mujer llama a su puerta ofreciéndole jabones. No puede ser, pero lo es. ¡La del cofre! Como Pepita aprendió a no fiarse de magias, avisa a un guardia y la detienen. Es Antonia Navarro Pérez, soltera, de 40 tacos, nacida en Mérida y residente en Madrid.

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