España es paña

Lo decía Bono con toda su gracia manchega y quijotesca: “Quien no sepa lo que es España, que lo estudie”. ¡Ole mi niño! Ése es el ministro sandunguero y frescachón que da gusto oír porque no se pierde por las ramas de una verborrea tan cursi y estéril como cuando Rubio Llorente enuncia la fórmula magistral de las esencias patrias: “Nacionalidad partida por tocino es igual a comunidad nacional al cuadrado, y me llevo una”.
Nada más oportuno en este año cervantino como reivindicar la claridad expositiva y proclamar, ahora más alto que nunca, aquel viejo diagnóstico que reza: “El español da tiza después que pifia”. Lo que no sabemos es si ahora toca dar tiza o pifiar.
Ese permanente concurso de ideas sobre cómo es España que tanto repatea a Bono representa el magma de la indefinición donde gustan vivir los paramecios, flagelados, rizópodos y ciliados con un doble objetivo vital. Por una parte, para liberarse de obligaciones que pudieran devenir de la estabilidad, y por otra, esperar enquistados en ese caldo de cultivo la ocasión propicia para mostrar su verdadera condición de microbio oportunista, saltar a la chepa del vecino y adueñarse de más territorio, de más poder o de más pelas. Como hizo Hitler con la excusa de la comunidad nacional aria.
Así, mientras todo sea magma y nebulosa, cuando oigamos: “Los españoles tenemos que…”, siempre se podrá objetar: “Oiga usted, un momentito. Español lo será el hijo de su madre, que uno pertenece a la comunidad nacional de Mazarrón, con límites que se pierden allén de los mares y Allende García Baxter”.
¿Y no ha de ser maravillosa esta España mía, esta España nuestra, que se estira y encoge como la tripa de Jorge; que muda, transmuta y ni se inmuta; que ora es reserva espiritual de Occidente, ora solar de herejes, ora mascarón de laicos?

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