El derviche fakir

Aziz solo actuaba los últimos días

Martinete y el resto de artistas del Circo Feijóo, en ruta por Galicia el año 1928, ceden protagonismo ante la indudable atracción que suscita el derviche Aziz.

El calificativo del artista evoca la danza de los incansables giradores, pero Aziz, aunque pudiese haber sido monje derviche, plantea un espectáculo para el que más le aviene el título de fakir, tal como en España entendemos una y otra dedicación.

La fama le precede y de él dicen que hay quien se levanta del asiento nada más ver la primera de sus manipulaciones. Otros no lo hacen y sufren después un desmayo. Todo ayuda para que la presencia de Aziz en la pista provoque que el público contenga el aliento y todos queden absortos sin parpadear.

Suele abrir su repertorio clavándose a martillazos en el occipucio un puñal de sólida apariencia. El ruido de los golpes y la visión de la sangre transmite a todos el dolor que se imaginan en Aziz. A partir de ahí, despliega su surtido de agujas con las que se atraviesa diversas partes del cuerpo. La garganta, la lengua, el pecho…

El espectador de las primeras filas puede comprobar con sus manos que los rejones penetran en su carne sin truco alguno, aunque una vez acabada la función siempre hay un gracioso que se refiere a él como un “pincho moruno” para relajar la tensión.

Una señorita es invitada a que retire los estiletes de la garganta del derviche para que compruebe el realismo de la estocada. Lo hace, pero con los ojos entreabiertos.

Otro momento de espanto es cuando posa su lengua sobre una placa al rojo vivo en la que cualquiera puede encender su cigarro. O cuando se mete en la boca un hierro candente sobre el que fríe un par de huevos.

Aziz es de Constantinopla, a la que en 1928 le faltan dos años para mudar su nombre oficial por el de Estambul. En Galicia no se habla de otra cosa.

Comenta