Los demonios familiares

La pesadilla del Watergate desazona a Trump

Por primera vez estoy de acuerdo con Trump al cien por cien, o como decía aquel exagerado sin demasiados conocimientos estadísticos, al trecientos por cien.

Hay que acabar con la prensa deshonesta, insiste el presidente con la misma contumacia que Girolamo Savanarola dedicaba a combatir el lujo y la corrupción mediante sus arquetípicas hogueras de las vanidades.

Lo malo para el dominico Savanarola fue que de tanto ardor puesto en juego en pro de las hogueras, acaban condenándolo a arder él mismo en la florentina Piazza della Signoria, previa estrangulación en garrote.

Trump no corre ese exacto peligro. Hoy se quema sin teas.

¿Cómo no se va a estar contra la prensa deshonesta? Pero también, ¿por qué siempre que habla de la deshonestidad, habla de la prensa? Hay policías deshonestos; diplomáticos, financieros, jueces, bomberos, funcionarios, sindicalistas y agrimensores que lo son en grado sumo, pero cuya existencia no parece preocupar tanto al presidente como los medios y los periodistas, lo cual resulta muy mosqueante.

Algo así le ocurre a Maduro con Rajoy. Cada vez que se ve en algún apuro político, saca a pastar la lengua contra Rajoy, convencido de que su sola mención pondrá a los venezolanos de su parte, porque ya los ha convencido previamente de que el presidente español es a los bolivarianos, lo que la prensa deshonesta a Trump; esto es, la madre de todas las desgracias.

Felices estos presidentes tan reduccionistas e infelices sus pueblos que creen sus embustes de juja y chichinabo.

Volvemos al principio. Si hay que decir que la prensa deshonesta es un incordio, se dice, pero de ahí a basar los argumentos de la Casa Blanca una y otra vez en esa pamema, es como pensar que Rajoy duerme debajo de la cama del Palacio de Miraflores.

Un comentario a “Los demonios familiares”

  1. Aureliano Buendía

    La denominada “clase política” es un fenómeno que hemos de padecer aquellos países que tenemos un sistema político democrático (o algo así).

    Y presenta una serie de inconvenientes, no menores (corrupción, clientelismo, “puertas giratorias”) que hay que procurar atajar, dentro de lo posible.

    La alternativa, más radical, pasa por elegir para gobernarnos a personajes que no pertenezcan a esa clase política. Lo que ocurre es que esta decisión suele adoptarse sin meditarla bien, y termina llevando al poder a tipos como Trump, que en un mes de desempeño casi puede escribir un Manual de lo que No se debe hacer.

    El elemento del flequillo prodigioso tiene dos opciones: o continuar por el camino que lleva, en cuyo caso, además de generar serios problemas para su país y para el mundo, es casi seguro que no terminará su mandato, porque se verá obligado a dimitir antes, o bien comerse todas las estupideces que ha soltado y entregar su Administración a los prebostes del Partido Republicano de toda la vida, que son “clase política”, pero es de esperar que, al menos, no sean gilipollas.

    Finalmente, las aguas terminan volviendo a su cauce.

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