Momentos procesales

Desde lo más alto…

Durante estos tres últimos años busco y recopilo los casos de sangre registrados en Galicia durante los siglos XIX, XX y XXI. Son miles. Todos muy parecidos mientras no logras penetrar en sus detalles. Todos distintos cuando los destripas.

Aún así existen constantes que son reconocibles una y otra vez en la conducta de los criminales, sus defensores, los fiscales o los jueces. También por parte del público que observa el delito, que participa masivamente en el juicio y que aguarda con impaciencia la sentencia.

En ese sentido cabe distinguir dos momentos procesales que se repiten con absoluta exactitud en aquellos casos de mayor gravedad. El primero se caracteriza por la exigencia de justicia, por las acusaciones contra los sospechosos, y si ya son juzgados, por la petición de las máximas penas para ellos. No hay fisuras, ni excepciones. El héroe es el fiscal y el villano, la defensa.

Una vez alcanzado ese objetivo, especialmente si se consigue la dureza apetecida en forma de penas de muerte, toda aquella fuerza popular que se desgañita en contra de los reos se transforma en otra tan poderosa o más que solicita de las instituciones públicas su intervención para salvar a los condenados. De ese modo se asiste a campañas a favor de indultos que implican a civiles, clérigos y militares.

¿Cómo dar a la ciudad un nuevo día de luto? Ésa es la piedra filosofal con la que mover el corazón de quienes administran los indultos y que durante el mayor porcentaje de años en este período fueron los reyes durante la adoración de la Santa Cruz del viernes santo.

El pueblo satisface así su subidón de sangre previo a la sentencia y disfruta luego el bálsamo de la clemencia; todo sabiamente administrado, porque ni todos se ejecutan, ni todos se salvan. Pocas veces como ayer, los procesados eran parientes tan cercanos al rey.

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