Cesarismo

La teoría de papá, que puso en práctica su hijo

Cuando escuchas por primera vez las palabras del errejonista valenciano Antonio Montiel sobre Iglesias, te quedas prendido de los dos nombres propios que pronuncia para compararlos con la manera de actuar de su líder, pues el hombre cita a Franco y a Sadam Husein. ¡Toma ya! ¡Qué fuerte, tío!

¡Iglesias colocado en el mismo plano que esos dos! Y todo dicho en labios de un correligionario, que por muy errejonista que sea, no deja de votar la misma lista en las generales.

Sin embargo, si le das al replay y vuelves a escucharlo por segunda vez, cuando ya estás libre de que te sorprenda la comparativa con los dos militares de bigote, tu atención se centra en comprobar que Montiel distingue el recurso plebiscitario de ambos líderes como camino para mantener su propia dictadura, y sin embargo califica lo de Pablo como una variante de cesarismo democrático.

Si Montiel se refiere al término acuñado por el periodista venezolano Laureano Vallenilla, o sea, la reelección continuada de un líder carismático, sepa que en primer lugar, y pese a su nombre, con tal denominación no se define a nada que pueda ser considerado democrático, sino más bien dictatorial.

Por otra parte, Vallenilla trazó ese sucedáneo político después de analizar y despreciar la educación de un pueblo como el venezolano de 1919, incapaz de asumir responsabilidades democráticas con todas sus exigencias. En ese caso, decía el escritor, es admisible esa especie de “cesarismo democrático” que guíe y aglutine a un pueblo desinformado e inculto, tal como puso en práctica su hijo homónimo con Marcos Pérez Jiménez.

Ignoramos si Montiel es consciente de todo ello cuando lo dijo. Tampoco sabemos si desprecia a los militantes de Podemos, a sus simpatizantes, a todos los españoles por entero, o solo a Pablo.

Un comentario a “Cesarismo”

  1. Aureliano Buendía

    Coño, Cora, el asunto es bien simple: si la dictadura es de derechas, es mala; si es de izquierdas, no es que sea buena, es que es necesaria.

    Lenin veía la etapa dictatorial (del proletariado, se entiende) como un paso ineludible hacia la sociedad perfecta y el hombre nuevo.

    Y todos los dirigentes de Podemos (espero que no pueda decirse lo mismo de todos sus votantes) comparten ese ideario, con más o menos matices. Para ellos, la presencia en las instituciones “burguesas” puede ser un mal necesario y aceptable, únicamente durante el tiempo que sea preciso para destruir dichas instituciones y sustituirlas por el Poder Popular.

    Es lo de siempre, el comunismo de toda la vida con una pátina de modernidad y página en Facebook.

    En cuanto a la lucha interna por el poder, tampoco constituye novedad alguna. Echen un vistazo a cualquier libro sobre la revolución rusa y verán lo que ocurrió, primero entre mencheviques y bolcheviques, y luego, ya en el poder, entre los mismos comunistas. Que se lo pregunten a León Trotski.

    En Podemos, ocurre exactamente lo mismo, solo que sin piolet o sin checa (ambas cosas, por el momento).

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