Snake pit

El primer Indiscreto

Una de las novedades que convendría atajar con eficiencia es ese estilo bronca que se observa en el tono de voz de muchas conversaciones, aunque sea para decirte que te aman:

_Te quiero mucho, mamón.

Podría pensarse que es influencia de esas interminables tertulias televisivas donde se destripan amores y paternidades, y donde se han dado bula para clavarse a diario cuchillos lengua de vaca una y otra vez, como si las heridas del día anterior curasen por la noche con una aplicación de Vips Vaporub.

Indubitablemente esos bodrios envueltos en papel de regalo para aparentar glamour han tenido mucho que ver, y yo mismo me acuso de haber colaborado con Jimmy Giménez-Arnau en los antecedentes del género, cuando poníamos a caer de un burro a todo bicho viviente desde las páginas de El Indiscreto Semanal, con Franco vivito y coleando en el Pardo.

En realidad, la despellejadura inmisericorde, y a veces desproporcionada, de los personajes públicos está presente en la literatura y el periodismo español desde el Siglo de Oro, o desde las primeras cabeceras, y no sería mala tesis para un libro inexistente repasar esa historia.

La novedad es que ha dejado de ser exclusiva de profesionales que pueden realizarlo con mayor o menor elegancia, con mayor o menor fundamento, sino que se ha generalizado hasta el punto de que si preguntas a alguien por un cantante suizo desconocido, lo más probable es que la primera respuesta que recibas sea:

_¿Ése? Ése es un cabrón con pintas.

_Pero bueno. ¿De dónde lo sacas tú?

_ Por si acaso.

Hablar bien de la gente no está de moda. Twitter es el moderno pozo de serpientes donde encontrar los ejemplares más anónimos y ponzoñosos. Los profesionales nos hemos quedado para vestir santos.

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