El concierto de Año Nuevo

Occidente, en toda su contundencia

Todo lo que compuso el concierto de Año Nuevo; la Orquesta Filarmónica, la Sala Dorada del Musikverein, Franz Lehar, los Strauss y von Suppé, los sonidos de la ciudad, la biblioteca Theresiana, el documental del intermedio y el propio Gustavo Dudamel, que aprobó con notable alto; todo lo que en definitiva ocurría ayer al mediodía 1.562 kilómetros al norte de Estambul es fruto de muchos esfuerzos sumados a lo largo de los siglos; no una improvisación, ni el capricho de una generación remilgada.

Se llama Occidente y está plagado de ritos, formalidades y fobias. Entre estas últimas, las más destacadas tienen que ver con todos aquellos que desde dentro o desde fuera desprecian esa manera de ser y de sentir el devenir histórico.

Pocas horas antes, sus enemigos más activos habían atentado en esa simbólica ciudad, también llamada Constantinopla o Bizancio, que ocupa en la práctica las dos orillas del Bósforo y donde Oriente y Occidente se dan la mano, o se despiden, según se quiera ver.

Los autores de las cuarenta muertes de ayer no solo optan por ver en el Bósforo una despedida, sino que sus intenciones van más allá y les gustaría sustituir la Marcha Radetzky por burkas y burkinis.

Siendo así desde hace ya muchas fechas, no deja de sorprendernos la aparición de una buena parte de comentarios que arrastran los atentados y que se centran en intentar demostrar la culpabilidad de la víctimas y la razón que asiste a los terroristas.

Si son leídos por quienes establecen la prioridad de las muertes, y no dudamos que lo hagan, resulta evidente que prolongarán e incrementarán ad infinitum esta actividad que tan buenos réditos políticos les proporciona sin apenas desgaste.

Y es que Occidente, con todo lo que defiende de bueno, también está cargado de tontos.

Comenta