La resaca

La fuente desestructurada

En noviembre del año pasado, la casualidad quiso que dos amigos y yo fuésemos objetivo de un ataque, a todas luces indiscriminado, desde el adarve de la muralla.

La acción consistió en el lanzamiento de una botella de cristal desde el paseo del monumento a la altura de la Porta da Estación contra el parabrisas de nuestro coche con ánimo, imaginamos, de romperlo y causar la mayor alarma posible. Vamos a pensar que la escaramuza no incluía deseos de males mayores, aunque vaya usted a saber. El cristal se rajó, el susto fue grande y la impotencia, superlativa.

Los autores habían sido dos o más muchachuelos que corrían por la muralla en dirección opuesta al sentido del tráfico, hacia O Cantiño.

El episodio de la fuente de San Vicente Ferrer nos trajo a la memoria aquella otra experiencia por el paralelismo de violencia, de los daños y de la sinrazón.

Sabido es que el consumo de ciertas anfetaminas, como la metanfetamina o speed, producen en el cuerpo una proliferación de dopamina y serotonina que son causantes de un inicial estado de felicidad, actividad y euforia, pero que una vez desaparecidos esos efectos, inducen a todo lo contrario, precisamente por su ausencia o su gasto excesivo, lo que se traduce en brotes de agresividad incontrolada e indiscriminada.

Espero haberlo expuesto sin demasiados errores científicos.

Los dos ataques de referencia, el particular y el patrimonial, podrían estar relacionados con la falta de serotonina en sus autores. Conviene por tanto que los consumidores y las personas cercanas conozcan estas reacciones químicas y estén prevenidos contra ellas, ya que quienes lo ignoramos, seamos de carne o de piedra, nos encontramos totalmente indefensos ante unas resacas tan traicioneras como las que sufren.

Un comentario a “La resaca”

  1. Aureliano Buendía

    A lo largo de la vida, he conocido, supongo que como todo el mundo, a muchas personas que tenían un consumo de alcohol excesivo. No tengo constancia de haber conocido a adictos a otras sustancias, aunque sin duda alguna reacción que me pareció extraña, en alguna persona y en algún momento, pudo deberse al abuso de la cocaína u otras drogas.

    En cualquier caso, pienso que, efectivamente, el consumo de tales sustancias puede alterar sustancialmente el comportamiento de algunas personas, hasta el extremo de hacer cosas que no llevarían a cabo sin estar bajo los efectos de la droga.

    Pero pienso que hay también un sustrato educativo o de carácter, que puede suponer una tendencia al vandalismo o la agresividad, y que aflora en toda su potencia cuando los efectos desinhibitorios de las drogas liberan al monstruo que llevamos dentro.

    Puedo hablar por experiencia personal, ya que también en ocasiones me he pasado con el alcohol, y jamás se me ha ocurrido romper nada, ni mucho menos agredir a un semejante. Y conozco a un montón de gente que, ni al borde del coma etílico, pensaría en subirse a una estatua y descabalgarla de su pedestal, por puro ánimo de perniciosa diversión.

    O sea que, con nuestra descarriada juventud, debemos realizar todas las campañas habidas y por haber, para que no caigan en el abuso del alcohol y/o otras drogas, pero, simultáneamente y de forma no excluyente con anterior, habría que recordar y tratar de inculcarles conceptos tan sencillos como “no hay que pegarse con la gente” o “no hay que romper la propiedad ajena, ni tampoco la pública”.

    Parece terrible que después de tantos años de evolución y civilización haya que recordar tales cuestiones, pero, personalmente, creo que llevamos unas cuantas décadas en las que, a pesar del desarrollo tecnológico, en el plano social y humano estamos retrocediendo gravemente, hasta el extremo de que nuestro comporamiento se vuelve, por momentos, más digno de acémila que de ser humano.

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