Talibanes locales

La huella del siglo en la ciudad
(Pepe Tejero)

Ésta es una columna que como su propio nombre indica, procura buscarle las cosquillas al lector por muy peliagudo que sea el asunto para que al menos aflore en él una leve sonrisa en medio de la dureza de la jornada.

Hoy va a ser muy difícil conseguirlo, porque frente a la devastación, frente a la ignorancia transformada en violencia o frente a la carcoma social, no se debe admitir ni la más mínima concesión, tal como se viene haciendo por parte de autoridades de todos los estamentos desde hace ya muchos años, creyendo que a ellos no les compete y que todo es libertad de expresión.

El atentado contra la estatua de San Vicente de la Praza do Campo no es una travesura de borrachos. Gracias a Dios, en esta ciudad hemos tenido borrachos de todos los calibres desde antes de que Noé inventase el vino. No es, ni mucho menos, la gracieta de unos jóvenes despistados, ni el resultado de una felicidad desbordante con restos de polvo blanco en la nariz y manchas marrones en las yemas de los dedos.

Es mucho más que eso. Es un síntoma, un grito desesperado, una alarma y una sirena al mismo tiempo. Es el heraldo negro de la barbarie elevada a norma. El convencimiento de que, al contrario de lo que canta Alberto Comesaña, lo estamos haciendo muy mal.

Y no me vengan ahora los templagaitas de siempre diciendo que gamberros los ha habido siempre, porque para empezar, los que se subieron a la fuente no les llegan a los gamberros a la suela de los zapatos.

Hoy han dormido a gusto. Están muy satisfechos de su obra. Han entrado en la historia de la ciudad. En la negra.

Será fácil darles caza. Bastará mirarles a los ojos para ver en ellos el vacío absoluto. Y si quien los persigue se despista, no lo duden, acabarán presumiendo de lo hecho ante las amistades. Eso sí, hay que querer cazarlos.

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