Toda una vida

Ahora descubrimos que los ingleses nunca supieron qué hacer con el continente

Resulta muy reconfortante escuchar de labios de un inglés que su Gobierno no tiene ni idea de qué hacer con el Brexit. Aunque quien lo diga sea Nick Clegg, aquel viceprimer ministro liberal de Cameron que es más español que Michael Robinson, pues no en vano se casa con Miriam González, la hija del senador segoviano José Antonio González Caviedes.

Después de toda una vida recogiendo en el pabellón externo de tu oreja que los ingleses sí que son un pueblo organizado, competente, serio y flemático; con un humor tan especial que solo crece allí, con un gusto desmedido por el té y con universidades que transmiten el conocimiento solo con permanecer un rato entre sus paredes; aunque, eso sí, sus educandos tengan que bajarse los calzoncillos durante los años previos para que les ponga coloradas las nalgas el tío de la vara. Después de oír año tras año que tú, españolito de chichinabo, solo tienes la opción de ser un genial individualista tipo Picasso, porque como pueblo, ¡ay, amigo! Como pueblo ya está el británico, y en todo caso a ti solo te dejarán alguna migaja al estilo de la síntesis del ácido ribonucleico, siempre y cuando hayas mandado a Ochoa fuera.

Después de toda esa dura experiencia que te sume en las cimas de la desesperación ciorania, llega 2016 y encuentras justa venganza escuchando a Nick Clegg cuando dice eso de que su gobierno no tiene ni zorra idea de qué hacer con el Brexit, por lo que piensa recuperar la caza del zorro, a ver si así.

Cierto que Clegg habla a través de las heridas abiertas de su europeísmo despreciado y es posible que la señora May sepa cuáles son algunos de los pasos a dar, pero nada ni nadie nos quitará ya la satisfacción de haber oído a un británico, allá por los días finales del año 2016, decir que el 23 de junio de ese año votaron algo y seis meses después ya no saben qué es. ¿Qué va a ser? ¡Impagable!

Un comentario a “Toda una vida”

  1. Aureliano Buendía

    Los referéndums son como las pistolas. Hay que tener cuidado con ellos que los carga el diablo. También podía aplicarse a los mismos la sabiduría popular, recordando que “el que pregunta lo que no debe, oye lo que no quiere”.

    Pero, ante todo, hay que respetar el resultado democráticamente obtenido, y los ingleses votaron abandonar la UE. La corriente mayoritaria (única, más bien) de pensamiento, toda la patulea progre y políticamente correcta, les puso a parir. Sólo faltó que tuvieran un bardo que les llamara “pobo ignorante, escravo y alienado”.

    Personalmente, estoy muy de acuerdo con lo que votaron, no pensando en sus intereses, sino desde el punto de vista europeo, porque lo suyo con la UE siempre fue un estar y no estar. Siempre excepciones, siempre privilegios, siempre… ¡y aún así, siempre quejosos!.

    En gráfica expresión del difunto Fernán Gómez, tiempo ha que Europa tendría que haberles dicho: “A la mierda”.

    No sé si el proyecto europeo será capaz de sobrevivir. Cada vez lo veo más negro, porque son demasiadas grietas las que se abren en su estructura, y hay mucha gente, desde Marine Le Pen a Pablo Iglesias, presta a introducir el escoplo en esas grietas para hacerlas más grandes, provocando el derrumbe del edificio.

    Pero creo que la supervivencia de la UE no depende de la presencia o ausencia de los ingleses. Ellos no están por ningún proyecto común. Lo dijo hace siglo y medio, más o menos, Lord Palmerston, a la sazón Primer Ministro: “Inglaterra no tiene amigos, tiene intereses”.

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