Qué consenso

Gente dilatando un problema

Después de la obligada semana del cumpleaños que algunos aprovechan para hablar más de cargársela que de otra cosa, se han oído las suficientes voces dispares y disparatadas como para concluir que lo peor que le puede pasar a la Constitución es que alguien decida meterle el bisturí aquí y ahora.

El principal requisito exigido para llevar a cabo tan delicada intervención es el consenso en las materias a reformar, a mantener y a eliminar, como lo fue en el 78. Pero si en ese momento lo hubo de manera tan formidable que Fraga y Carrillo la festejaron juntos con todos los demás sentados a su lado, con récords de Sí en Cataluña, Canarias y Andalucía, y con tan solo cuatro feos de distinto significado, las cuatro provincias donde la participación no alcanzó el cincuenta por ciento de la población, o sea, las vascas Vizcaya y Guipúzcoa, y las gallegas Lugo y Ourense… lo que en la actualidad destaca es la falta de unanimidad, lo cual no puede ser considerado ni bueno, ni malo; pero en cualquier caso, resulta ser lo opuesto a un consenso.

En una situación así, los únicos que saldrían ganando de un proceso constituyente serían los que abogan por su desaparición, o sea, los que cifran su éxito en volar lo que nos une para que haya un presidente del Gobierno de Vélez-Málaga y otro, de Jarandilla, entre otras bondades.

Dicen los reformistas que la España de 2016 no es la misma que la de 1978. Y tanto. Han pasado 38 años, una cantidad tan desorbitada de tiempo que a algunos, como a Iglesias, se les atraganta y son incapaces de sumarlos correctamente. Por eso dicen que se cumplen 28 de Carta Magna. Imagínense si tienen que sumar los 229 años de la Constitución americana.

Pero todo va bien. Han decidido crear una comisión y ya dijo Napoleón que ése es el mejor camino para que algo no se haga.

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