Todo fluye

Una apuesta con mucho predicamento político es la del cambio. Tanto vale para oposición _ es un cambio necesario _, como para el Gobierno _ vamos a consolidar el cambio _; quien se precie en política debe presentarse como abanderado del cambio.
_Pero oiga, si usted es el poder, ¿cómo es que propugna el cambio? ¿Quiere dejar de serlo?
_No, el cambio somos nosotros. Nosotros cambiamos constantemente. El que no tiene que cambiar es el votante, que debe votar siempre lo mismo para que todo cambie.
_Ya entiendo. Si queremos que todo cambie, tenemos que conseguir que el poder no cambie.
_Exacto.
El cambio, defendido como valor absoluto, no tiene principio ni fin. No compromete. Él mismo se justifica en su esencia, basta con practicarlo aunque se contradiga con lo acordado meses antes. Heráclito contra Parménides.
Pero no se crean, el cambio también tiene sus lados oscuros. Por ejemplo, el cambio climático.
_¡Ah¡ ¡Eso no, que se nos funden los polos!
_Bueno, pues entonces matice usted lo que quiere cambiar y lo que no.
_Hay que conservar lo bueno y cambiar lo malo.
_El problema es que cuando se cambió, se creía que era bueno, y ahora se sabe que fue malo.
_Porque se cometieron abusos.
_De acuerdo, entonces se trata de un cambio paciente, moderado y contrastado.
_Eso es.
_Un cambio conservador.
_¡Hombre…!
_Una conservación cambiante.
_Se está poniendo usted muy pesado. Le digo que nosotros estamos por el cambio, que no somos inmovilistas, que no nos ata el pasado y que miramos hacia el futuro.
_Ya. ¿Y qué ven en el futuro? ¿Más cambio?
_¡Por supuesto!
_Pero siempre con ustedes.
_¡Ande, cambie el rollo!

8 Comentarios a “Todo fluye”

  1. jabato

    Aunque casi me pierdo leyendo el encabezamiento de la bitácora de hoy (tanto “cambio” termina desconcertando a cualquiera), finalmente el mensaje me ha quedado claro, y es, como de costumbre, muy acertado.

    La esencia de la lucha política es, lógicamente, alcanzar el poder. Alcanzar el poder para, después y a través del ejercicio del mismo, cambiar la sociedad para hacerla mejor, entendiendo este “mejor” como interpretable, en función de la adscripción ideológica de cada uno.

    Hasta ahí, todo correcto. El problema surge al comprobar, una y otra vez, de forma repetitiva hasta hacerse cansina, que todos los que alcanzan el poder, nada más alcanzar el mismo, olvidan sus objetivos anteriores, los sacrifican, los queman si es necesario, y orientan todos sus esfuerzos a un nuevo fin, que arrasa a todos los demás: mantener el poder.

    No se conoce ningún gobernante que no haya caído en tal tentación. Parece que el poder, una vez alcanzado, ejerce como un talismán capaz de ejercer la mayor de las atracciones, la mayor de las adicciones. Tienes el poder… ¿o el poder te tiene a ti?.

    ¿Cuál es la mayor ventaja de los sistemas democráticos?. Pues, sencillamente, su mayor virtud es que el gobernante, cegado por su ansia de mantener el poder a toda costa, termina por adoptar decisiones tan ilógicas o estúpidas que causan que el electorado le abandone, y, precisamente por su afán desmedido por conservar el poder, termina perdiéndolo. Inmediatamente, el líder (o el partido, me da igual) es sustituido por otro, y vuelta a empezar: el nuevo gobernante será absorbido por el poder, y así hasta el infinito. Ya sé que no parece un panorama muy halagador, y que podría esperarse algo mejor de una especie racional, pero es lo que tenemos, y creo, francamente, que es lo mejor que podemos esperar.

    Lógicamente, con tal esquema sociopolítico, es normal que, en determinados momentos, el “cambio” sea atractivo para el ciudadano común. Muchas veces no sabe qué quiere cambiar, o cómo hacerlo, pero “hay que cambiar”.

  2. gonza

    Ya lo dijo el Barón de Lampedusa: Es necesario que algo cambie para que todo permanezca igual.
    Salud

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