Transición cuestionada

Hicimos fácil lo difícil y hacemos difícil lo fácil

Nadie quiere las terceras elecciones, pero la mayoría cree que las habrá. Para rematar el pastel, dicen las encuestas al uso que de llevarse a cabo, quedaríamos en una situación parecida a la actual, es decir, que comenzaríamos a hablar de las cuartas.

Hace días me he jugado el bigote a que no las hay, pero reconozco que en ese pronóstico hay más ganas de llevar la contraria, que fundamentos para afirmarlo. En el fondo te niegas a reconocer que nos rodee tanta ruindad; es decir, que aquellos que se postulan para defender los problemas colectivos sean capaces de ponerlos en riesgo porque se creen más guapos o porque le ha picado el prurito de sabe Dios qué síndrome de limpieza corporativa.

Es más, lo normal por ahí adelante es que la gobernación sea trabajo de todos, no porque pacten nada, sino porque es así desde el principio. Si das el paso de trabajar por la comunidad, lo das siempre y en la medida en que te favorezcan las urnas. ¿Qué es eso de ponerle palos a las ruedas de tus instituciones? ¿Qué es eso de no consensuar todas las medidas que afecten a tu ciudad? ¿Qué es eso de cobrar un sueldazo sin dar palo al agua?

Circula por ahí una iniciativa popular para que se les retire el sueldo a los diputados y senadores mientras no se forme gobierno, y sinceramente creo que se queda corta. Lo que habría que pedir y exigir es que se lo retirasen a todos aquellos que no colaborasen en la gobernación de territorios y ciudades, que actuasen en contra de las leyes o que buscasen el desprestigio de las instituciones.

Si las segundas ya han sido objeto de pitorreo dentro y fuera de nuestras fronteras, la simple mención a las terceras nos aleja definitivamente de aquel título tan rumboso de “modélica transición española”.

Transición hacia el ridículo.

Un comentario a “Transición cuestionada”

  1. Aureliano Buendía

    La transición española fue una chapuza.

    Sin embargo, y por una vez, no creo que haya que atribuir sus males, precisamente, al carácter chapucero de los españoles, sino a que se hizo de la única forma que podía hacerse.

    Y fue a base de barrer bajo la alfombra: durante décadas, en aras de la santa democracia (y quizá por el recuerdo fresco de las épocas de falta de la misma), todos callaron (unos más que otros) y la cosa fue tirando, hasta ahora.

    ¿Eran conscientes nuestros Padres Constituyentes de que al dejar el asunto territorial sin cerrar, estaban poniendo una bomba de efectos retardados en los cimientos del Estado?.

    Pues supongo que sí, porque yo lo veo así, y no me creo más inteligente (más bien, lo contrario) que todos ellos. Lo que ocurre es que no pudieron hacer otra cosa. Las minorías nacionalistas, combinando varios métodos (que iban desde el tiro en la nuca hasta la exigencia presupuestaria) han controlado de facto al Estado, durante décadas.

    Luego vino Zapatero, que, en nombre del “talante” terminó de reblandecer el armazón del Estado, y tras Zapatero vino la crisis, que puso patas arriba la sociedad civil.

    Y el resultado, el que tenemos a la vista, la España que disfrutamos cada día, pero que no sé si disfrutaremos por mucho tiempo.

Comenta