La edad de la inocencia

Como para no querer llevárselo a casa

Todos somos Sánchez, pero se nos pasa. Suele ocurrir al cumplir los 14, aunque debemos reconocer que en los últimos tiempos se está retrasando la edad de la maduración hasta cotas nunca antes vistas. ¡Se vive tan bien siendo un inocente e irresponsable caprichoso!

Ante el niño que se emperra no hay razón ni argumento que valga. Él quiere aquel tren que ha visto funcionando con su humo y sus vagones, y de nada vale que el padre se esfuerce por explicarle que la maqueta pertenece al Museo del Ferrocarril y que ese material depende a su vez del Ministerio de Fomento.

Con un poco de suerte, el berrinche, las lágrimas y el continuo no, no, no del infante acabarán por doblegarlo en un profundo y reparador sueño, si tiene la suerte de que el padre no lo deslome en un arrebato de paciencia perdida.

Los padres sabemos que esas coacciones hay que negarlas desde el principio, es decir, desde la más tierna infancia, porque de lo contrario crecen y pueden acabar como caso clínico, o caso judicial.

Ya hemos leído lo del hijo que lleva al padre a estrados reclamándole más dinero para el botellón, o sumarios similares que denotan cierta flojera educacional duante los años en los que se debe enderezar el crecimiento del tronco. Más tarde se hace tan grueso que duele.

Desde esa perspectiva se entiende muy bien a este chico y a sus dos escuderos. Hernando y Luena, a quienes estamos deseando estudiar en los libros de historia, al lado de Istolacio, Indíbil y Mandonio, capítulos de un tiempo pasado, cosificados para los restos, sin posibilidad de que regresen a dar la vara.

Necesitamos gente que se postule para resolver problemas, no para crearlos donde no lo hay. Parece un pequeño matiz, pero supone diferenciar el día de la noche; la luz, del oscurantismo y la cerrazón.

Un comentario a “La edad de la inocencia”

  1. Aureliano Buendía

    La situación del PSOE es complicada, muy complicada.

    Con un dirigente de talla (Felipe o el siniestro Rubalcaba, que los demás que han tenido, ¡vaya por Dios!), se las verían y desearían para salir del laberinto en que sus malos pasos (y también las circunstancias, ¿por qué no decirlo) les han metido.

    Frente a la solución menos irracional de las que a la situación actual se proponen (que el PSOE se abstuviera y deje gobernar a Rajoy), desde la dirección socialista hay un fundado temor de que tal acción cayera mal entre sus bases, bastante más radicalizadas que los dirigentes.

    ¿Y por qué están tan radicalizadas esas bases?. Pues, sustancialmente, por dos razones: la primera, la competencia de Podemos, que arrastra a todas las izquierdas hacia la idem; y la segunda, la cuidadosa labor de José Luis Rodríguez Zapatero, que dedicó ocho años a enardecer a las bases, a buscar la esencia de la izquierda en el odio a los de enfrente, a incentivar y propugnar, directa o indirectamente, el resurgimiento del odio cainita entre los españoles.

    Después vino Pedro Sánchez, que, antes que reconducir la situación, abundó en ella.

    Y, lógicamente, ahora el asunto se ha vuelto peliagudo. ¿Cómo facilitamos, aunque sea por omisión, una investidura de Rajoy sin que nos tilden de fachas o vendidos?.

    Como digo, la cuestión es compleja, y resultaría difícil de gestionar para un buen dirigente político; para Pedro Sánchez, imposible.

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