La del pulpo

Mapa de la España sanchista

Entre que desaparezca Sánchez del panorama y que desaparezca España, la verdad, no le veo la gracia. Me dirán que exagero y yo diré que no, pero como por desventura estas cosas no se ven sobre el papel, tendremos que dejarlo así, en empate.

Este fin del bipartidismo nos está saliendo por un ojo de la cara, y no tanto por lo que se gasta, como por lo que se deja de ingresar. Aquí no hay gallinas que salen y gallinas que entran. Aquí salen todas. Y lo peor es que las dejamos irse sin sentido alguno, porque si los administrados viésemos que en los debates, en las condiciones o en las negativas se plantea descubrir el teorema de Fermat, hallar el ícor destilado de la quintaesencia gubernativa, obtener la excelencia académica y hacernos con el colmado de bendiciones, vas, te aguantas y esperas en el convencimiento de que merece la pena.

Pero no. Aquí lo único que ves por la mañana es a Rajoy, a Sánchez, a Rivera y a Iglesias, que están muy bien, que son muy guapos todos, pero tampoco es como para dar un portazo en casa y salir en busca de sus huesos con el fin de entregar tu hacienda a sus encantos.

Bueno, pues Sánchez sí lo piensa. Se ve tan bronceado, tan limpio y aseado, que nada es suficiente para satisfacer sus expectativas amorosas. Nada, salvo España entera, de modo que pueda comérsela con patatas, ayudado precisamente por quienes más ganas tienen de trocear el pastel y correr a su rincón con un trocito, resultado final de una correría nocturna más parecida al robobo de la jojoya que a ninguna conquista política presentable.

Cómo será el carajal montado, que la mayor preocupación es no votar el día de Navidad. Y con eso nos conformamos, ignorando que las cuartas van a caer en Domingo de Ramos, las quintas en Domingo das Mozas, y las sextas, en Plácido Domingo, que es cuando nos escagurriciamos definitivamente.

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