El árbol del ahorcado

Gran película, pésimo panorama

Se escucha a los oradores del debate como si fuesen jefes de las tribus indias que van a enfrentarse en las praderas. Predomina un lenguaje de hostilidad y odio macerado en frascas herméticas. A saber a quién le engorda semejante bajeza de miras, pero pueden tener por seguro que la mayoría de sus administrados esperan escuchar de ustedes lo mucho que se unen para trabajar, no lo poco que les separa para andar a la greña, insultarse como borrachos de taberna y acabar la sesión tal como había comenzado, o peor.

Ni el tono, ni el contenido son nuevos, por supuesto. Llevamos mucho tiempo creyendo que eso es debatir y que en ese cruce de navajas reside la esencia destilada de la democracia, cuando en realidad lo único que llevan a cabo es un desahogo personal y el engaño a una parte del público que por mala educación cree que sí, que eso es un debate de altura.

No hace falta repetir el ingenio desplegado ayer por sus señorías para tumbar la posibilidad de un gobierno. Quien los haya escuchado retendrá en su memoria lo más sonoro. Basta comprobar la inutilidad del trámite para darse cuenta de que hemos fabricado la máquina perfecta para estrangularnos en nuestra propia soga. Somos víctimas, verdugos, jueces y espectadores, pero todo al mismo tiempo y todos en todos los papeles.

El día en que lo descubramos nos sucederá lo que a los súbditos del rey desnudo. Alguien gritará:

-Eh, que nos estamos ahogando!

Y si hay tiempo, nos aflojaremos la cuerda antes de la última bocanada. La estupidez del ejercicio es impresionante y el error en el que viven quienes se dicen representarnos, también.

-¿Qué tal he estado? – preguntan a los suyos.

- Fenómeno – contestan éstos, henchidos de forofismo -. Los has acorralado contra las cuerdas.

Contra las sogas, sería más correcto. Eso sí, los negocios los hacen siempre otros.

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