La cuchufleta de San Jerónimo

Ayer no hubo lugar al compromiso de Caspe, ni similar

Se buscaba un guapo que le dijese no al gobierno de los 170 y ya se ha encontrado. Fue a eso de las 13,40 de ayer en el Congreso, que es lugar apropiado para las grandes solemnidades y las solemnes tonterías.

En nuestra historia tenemos la jura de San Gadea, el compromiso de Caspe, el abrazo de Vergara y una larga serie de hitos que jalonan episodios más o menos brillantes, más o menos humillantes. Nos faltaba añadir lo ocurrido ayer.

Desde aquí apostamos a que la escena del sofá de ese lunes se festeje en las cronologías como la cuchufleta de San Jerónimo, pues a más no da la cosa.

Este hombre de ratos apolíneos y trajes de impecable percha que Petronio reivindicaría como propios, de pisar hoy las alfombras rojas, resulta que es un fatuo perdonavidas al que no le importan ni su país, ni sus habitantes, pues prefiere retrasar unos meses su pase a la memoria colectiva, aunque sea para figurar en ella como un cuchufletero, como el hombre que envió a los españoles a votar por tercera vez, convencido de que no tenía techo electoral… por debajo.

Destacan sus cercanos que la ley se lo permite. Sólo faltaría que además de insensato fuese ilegal. La ley contempla realizar muchas insensateces en la confianza de que los hombres sabrán acertar la opción más adecuada en cada momento.

Dice Sánchez como la gran cosa, que el acuerdo con Ciudadanos es conservador y continuista. Algo tiene que argumentar, aunque una de las partes negociadoras sea la misma con la que él se aprestaba a gobernar hace unos meses, y sumando muchos menos mimbres.

En fin. La jornada, que podría haber subido a los anales entre tubas y laureles, se ha quedado en cuchufleta.

Ayer no hubo lugar al compromiso de Caspe, ni similar

Un comentario a “La cuchufleta de San Jerónimo”

  1. Aureliano Buendía

    No está el país para tubas y laureles. El matasuegras parece un instrumento más adecuado a la ocasión y al talante de nuestros próceres.

    De todas formas, sigo diciendo que estamos poco acostumbrados a los procesos de negociación. Estos procesos, en parte, tienen una parte importante de teatro, de representación, para satisfacer a las respectivas parroquias de los contrayentes.

    Y entra dentro de lo normal, en sistemas democráticos más consolidados que el nuestro.

    En España, sin embargo, todo esto cae bastante mal, por tres factores, en mi opinión.

    En primer lugar, por la falta de experiencia. Acostumbrados a la seguridad de las mayorías absolutas, nos produce desazón la incertidumbre de las negociaciones y las coaliciones.

    En segundo lugar, por la duración y características del proceso. En esos países que tomo como referencia (Alemania, Dinamarca, Holanda, etc.), las negociaciones no suelen durar los nueve meses que llevamos nosotros de interinidad; y sobre todo, no es preciso ponerse a repetir elecciones como si fuéramos gilipollas.

    Y, en tercer lugar, porque nadie está seguro de cómo terminará el asunto. En otras naciones, aún dentro de la incertidumbre del proceso negociador, todo el mundo está seguro de que, al final, habrá un resultado.

    Aquí, en cambio, y más viendo como se conduce alguno de los actores, existe un fundado temor de terminar en un nuevo proceso electoral. ¡Terceras elecciones!. ¿Y por qué no cuartas, o quintas, ya puestos?.

    ¡Quizá sea que, como Franco nos tuvo 40 años sin votar, ahora queramos recuperar los atrasos!.

    Como decía mi abuela, ¡que Dios nos tenga de sus manos!.

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