El miedo en dosis

Este señor antes de dormir, no; por supuesto

La noticia dice que es conveniente para los niños leer cuentos de miedo, algo que nunca habíamos puesto en duda, porque el miedo es un sentimiento tan instructivo y necesario como cualquier otro para alcanzar la más exacta percepción de la realidad. Otra cosa sería atiborrarles de diablos y calaveras, porque entonces seguramente de lo que les privábamos era de héroes, de bondadosos y de graciosos.

Hay un 33 por ciento de los padres – eso dicen las encuestas -, que censuran las historias que puedan causar espanto a sus hijos y no permiten que accedan a ellas, trabajo harto difícil que les obliga a apagar la televisión cada vez que se inicie un telediario, pues es en esa media hora donde se produce la mayor concentración de personajes que producen terror a grandes y chiquitines. ¿Qué otro sentimiento puede suscitar en el ánimo del espectador cuando se escucha que un individuo ha hecho estallar una bomba en un centro comercial causando docenas de muertos de todas las edades?

Yo no les perdonaría a mis padres haberme conducido a través de una infancia rosa, irreal y descafeinada para dejarme caer luego en el fango de la realidad sin una preparación para el horror. ¿Y cuándo lo harían? ¿A los 10, a los 14, o a los 18, con la mayoría de edad?

En ese sentido, la educación por parte de la familia es un trabajo bastante más sencillo de lo que algunos se empeñan en argallar, que es palabra gallega a tono con lo que hacen esos personajes.

Se educa con cariño, con sentido común y con la verdad por delante, siempre adecuada a los años que tenga la criatura. Y allí deben estar las brujas y los monstruos en la proporción que indiquen las anteriores premisas, no vaya a ser que al de tres años le pongamos por delante un Drácula de Christopher Lee y el pobre no pegue ojo hasta que cumpla los 17.

Ni que decirlo habría.

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