El año del jabalí

Me van a hacer socio honorario

Hace días les hablé de una familia de jabalíes que ha adquirido la costumbre de visitar a la mía noche sí y noche no. Bueno, pues han vuelto y nos han enseñado de nuevo los morros, los dientes y los colmillos. Como por fortuna el enfrentamiento entre ambas familias está a ceros – si exceptuamos la embestida sufrida por el perro con la testuz de uno de los adultos -, me permito hablar de estas incursiones con el tono de humor y desenfado que utilizaría un monologuista después de sobrevivir al ataque de un hipopótamo, pero lo cierto es que eso de volver a casa por la noche se está poniendo cada día más chungo y he pensado seriamente en comprar un Kalasnikov en cualquier mercado negro de baratillo. Ya sé que está prohibido matarlos, que no tengo licencia de armas y que no sé manejar un Kalasnikov, pero ya me dirán qué alternativas me quedan. ¿Llamo al Xabarin Club? ¿Monto un parque temático? ¿Cambio el perro por un leopardo?

En El Progreso leo las andanzas de otros jabalíes en prados, maizales y jardines públicos. Es decir, la invasión está organizada y protegida por la leyes, como los independentistas. Vienen a hacer el máximo daño y encima hay que subvencionarlos. Dios me libre la intención de comparar a Lucía Caram con un jabalí. Me voy antes de bronca con los bichos que de copas con la monja.

A veces, en los delirios de los sueños nocturnos, pienso en invitar a algunos políticos para que vengan a cenar y soltarlos después por la noche al encuentro con el jabalí. A ver si pactan o no pactan con él.

Sé que hablo con ligereza porque no rodea la casa ningún cultivo vital _la finca está levantada, pero solo es hierba_, de modo que imagino lo que estarán pasando aquellos que ven afectados su maíz, sus patatas o su fruta. Y pienso también en que sí hoy vienen siete jabatos, el próximo año serán siete adultos con su prole respectiva. Ah! el pelo de mujer no funciona para espantarlos.

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