Ramoncín y la corrupción

Madrid, camino de abandonar los mingitorios

Ramoncín es un tipo mayor. No un anciano, como decían hace un siglo los cronistas cuando alguien pasaba de los sesenta. Él va camino de los 61 y es mayor, aunque conserva la frescura y la delgadez del pollo frito.

También se esfuerza por dar a su lenguaje el adobo barriobajero de insultos y de ganas de liarse a hostias con el personal. No le pega, pero lo hace para evitar que por la calle le digan: Adiós, don Ramón.

El resto de la indumentaria está más cerca de los 61 que de los 20, porque la verdad es que todo lo que dice va a misa, especialmente cuando ataca a los piratas, o sea, a los que se hacen millonarios con el trabajo de los demás. Los otros, los de manta y descargas ilegales, no llegan a esa categoría. Se quedan en raterillos a los que conviene asustar sin más.

Quizá porque era él, quizá porque en el fondo lo que mola en España es la corrupción, hubo muchos que no entendieron su causa a favor de los derechos de autor y no se privaron de ponerlo como hoja de perejil. Curiosamente debemos pensar que fueron las mismas personas que siempre están dispuestas a manifestarse en contra de cualquier político corrupto, lo cual demuestra lo mucho que todavía se ignora sobre malas prácticas democráticas y lo mucho que abunda la idea de que democracia es sinónimo de “lo que a mí me da la gana”.

Ahora Ramoncín clama contra Madrid como mingitorio y contra la alcaldía de Carmena, de la que dice que la ciudad le viene grande. Me imagino que le caerá la del pulpo por parte de aquellos que disfrutan viendo cómo su ciudad convive con ríos de orines, tal como la encontró viniendo de Italia Carlos III y antes de atarse los machos de Cibeles para convertirla en grande, monumental y educada.

Y es que no acaban de pillarle el punto, porque Ramoncín es un señor de orden, culto, lingo y cheli.

Un comentario a “Ramoncín y la corrupción”

  1. Aureliano Buendía

    Entiendo perfectamente la lucha de los intelectuales por hacer valer el precio o legítima remuneración a la que tienen derecho por su trabajo. Como soy algo anticuado, estoy lleno de ideas simples y un poco fascistas, como la de que todo el que trabaja tiene derecho a cobrar por ello.

    Pero, aparte de eso, don Ramón (lo de Ramoncín ya chirría, en un tipo próximo a la edad de jubilación) no es santo de mi devoción. Su pertenencia durante décadas a la “clase kultural” (lo de la “k” no es una errata, por supuesto) de este país hace que sus opiniones pierdan, a mis ojos, gran parte de su valor.

    Y eso, incluso ahora, que se pronuncia acerca del Ayuntamiento madrileño “del cambio”, en unos términos que podría perfectamente suscribir.

    Tengo una duda; este, ¿era de los de la Zeja?. La verdad, es que no lo recuerdo, pero tampoco me extrañaría.

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