De coherencias

El flautista en su primer trabajo

Lo que unos llaman coherencia se traduce en otros como inconsciencia, y así no hay manera.

Sánchez defiende su No rotundo con apelaciones a la coherencia y a ella se entrega con gran entusiasmo infantil, como aquellos niños de Hamelín que brincaban encantados detrás del flautista, sin saber que se dirigían directamente al olvido.

Yo soy de izquierdas, Rajoy es de derechas. Yo estoy limpio como una vestal en Preparatoria de Ingreso y a mi partido le llaman los chorros del oro. Rajoy está enfangado y a su partido le llaman el castillo de Drácula, porque no hay salida sin mordida. Yo soy guapo, él es feo. Yo no he sido todavía presidente y él sí. Yo baloncesto, él ciclismo. Yo sin un pelo, él con barba.

En estas circunstancias lo coherente es un No tan grande como la catedral que construye Justo Gallego en Mejorada del Campo con elementos reciclados.

Ésos son los pilares del pensamiento de Sánchez el malo. Ojo, el bueno es Francisco Sánchez, tudense y escéptico, padre apócrifo del pienso luego existo que le arrebata Descartes por cuidarlo mal.

Si hubiesen sido coherentes Suárez, González, Carrillo y Fraga, seguramente todavía estábamos celebrando las sesiones de trabajo para redactar la Constitución. Ni siquiera se habrían convocado las primeras elecciones democráticas, porque lo coherente, señor Sánchez, sería que Suárez no permitiera la legalización del Partido Comunista; que Fraga y Carrillo solo se dirigiesen miradas de odio y que González no le descolgase el teléfono al exministro-secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez.

Ésa es su coherencia y su pequeñez.

Ahora bien, no hay prisa para que se pierda en el olvido de la historia y se le recuerde menos que al autor del Lazarillo de Tormes.

Un comentario a “De coherencias”

  1. Aureliano Buendía

    ¡Pobre Pedro Sánchez! Todos le riñen, mañana, tarde y noche. Presiones internas, presiones externas, un batallón mediático martilleando incesantemente con que tiene que abstenerse en la investidura de Rajoy.

    Yo todavía quiero creer en el sentido común, y pensar que terminará haciendo lo que le piden.

    Eso sí, lo hará en el último minuto del último día, cuando Rajoy haya pasado por el tostadero de la investidura fracasada, y lleve dos meses cociéndose en su propia salsa (acompañado en la marmita por Albert Rivera).

    En ese sentido, no me parece mal que Sánchez se haga de rogar. Si la posición de las piezas del juego fuera la inversa, tampoco él se iba a librar del sufrimiento.

    Todo ello, pensando en que la cosa acabará bien. Si el “no” se mantiene hasta el final y nos obliga a ir a unas terceras elecciones, es que está, simplemente, loco.

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