Olímpicos

Helo ahí

Ana Cruz marca el camino. Canastón a Turquía en el último segundo y España clasificada. Los 110 metros vallas de la investidura están hoy más cerca de completarse que ayer. La marathon no debe acabar en negro, aunque las carreras de fondo juegan malas pasadas al más experimenado, y si no, que se lo pregunten a Alessandra Aguilar.

Para ser el Phelps de la piscina hay que sortear tiburones, esquivar medusas y beber tu sudor desalado en un envase de yogourt. El enemigo se inventa una diarrea en el momento más inoportuno y cuando Nadal protesta al juez de silla porque no vale jugar con la estabilidad emocional del rival con artes tan cochinas, se encuentra con la misma cara de palo de siempre, con la cara de los que comen macarrones por la oreja y crían arañas en el sobaco.

Las etapas, más tarde que pronto, se cumplen con la solvencia de Carolina Marín, que grita como una condenada cada vez que le hace un roto a Sung Ji-hyun, que a su lado más parece la acomodadora del polideportivo a la que le dieron una raqueta por equivocación, que no la séptima del mundo. Los saltadores rusos cosechan ceros y la gente se pregunta si todo era por lo que tomaban. Qué mala es la gente. La haltera Lidia Valentín vuelve a Ponferrada para comerse un botillo berciano sobre lechuga y tomate de Mansilla de las Mulas con sus amigos, pero el armenio Andranik Karapetyan se rompe el codo al levantar 195 kilos.

La competición está repleta de dificultades inesperadas cuando de repente Pedro Sánchez emerge de las aguas depilado como una pechuga de pollo lista para la sartén. Vuelve para preparar el discurso del no. Vaya por Dios. Es inmune a las presiones propias y a la kryptonita ajena. Este hombre añora sus tiempos en el Estudiantes y quiere marcar en el último segundo como Ana Cruz. Pero muy señor mío, ¿no se da cuenta de que va perdiendo 169 – 85?

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