El niño de la capea

Michelito, el torero franco-mexicano

Cuando en 1995 se discutía sobre la entrada de los menores de catorce años a las plazas de toros, se hizo un referéndum en todos los colegios de Alcobendas y el sí a su presencia en las corridas ganó por aplastante mayoría. Todo era ficticio, claro, porque esas cosas las deciden los partidos y no los afectados.

¿Iban los niños de Roma a ver cómo las fieras despedazaban humanos en el Coliseo? Me temo que sí. Y sin retroceder tanto, hace un siglo y pico las ejecuciones de las penas de muerte se realizaban en público, siendo los mozalbetes los principales destinatarios de ese indigno espectáculo porque su finalidad más destacada era conseguir que la imagen de la muerte a manos de la justicia les quedase esculpida en su tierna memoria para que luego se lo pensasen dos veces antes de contravenir la ley.

No tuvo un gran efecto disuasorio porque nos matamos a mansalva todo cuanto quisimos sin esperar a épocas de guerra.

Estos días de impasse pactista se volvió a hablar de niños y corridas. Es una polémica aburrida y recurrente, sobre todo cuando escuchas la brillantez del argumentario que exhiben favorables y contrarios; como que los niños matan con la playstation a razón de doscientos hombres por día y nadie se lo impide.

Si prohibiésemos las novelas, obras teatrales, cómics y películas en las que se mata no nos quedaba en la biblioteca ni la Biblia.

Por otra parte, nos da la sensación de que quienes más empeño ponen en que los infantes desaparezcan de los espectáculos taurinos son también los más interesados en defender que gente como Otegi, un hombre que administró la muerte, el sufrimiento, el rejoneo y el secuestro de sus semejantes en su beneficio, pueda ser hoy espejo de conducta modélica en el que se reflejen niños y mayores. De modo que aquí no es fácil dar lecciones de nada.

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