Barras y estrellas

Así, pero bien planchada

Detrás de cada campeón olímpico hay un personaje que mantiene en sus manos una tela doblada cuatro o cinco veces mientras dura la competición. Cuando ésta acaba, el hombre salta a la pista y se la entrega al atleta. Éste la despliega y corre con ella para recibir los aplausos del respetable y dejarse fotografiar porque esa imagen será portada en muchos diarios, dentro y fuera de su país. Esas telas son sus respectivas banderas nacionales.

Lo que no sé con certeza es si el hombre que las suministra pertenece a las delegaciones olímpicas, uno por país, o si forma parte de la organización y hay un señor encargado de tenerlas todas a pie de meta.

En el caso español el esquema se complica porque siempre puede aparecer por detrás el hombre de la estelada, la mujer enfundada en la republicana, el abuelete con la cruz de Borgoña de los tercios requetés, o un concejal avispado con la del municipio de Parla, que es donde nació la mamá del velocista.

Somos de flámulas variopintas y de grímolas abundantes porque a las que son propias para representar el territorio, debemos sumar las políticas, las sindicales y las futbolísticas.

Yo tengo colgada en casa la de San Ciprián, que es de paño azul marino con banda gualda que la atraviesa desde la parte inferior al asta, hasta la superior al batiente; verbigracia, en sentido contrario a la gallega. Carece de la carga del escudo y presenta la palabra “San Ciprián” en la parte final de la pendiente. Es por tanto, bandera civil y no institucional. De uso propio para ciudadanos, peatones y semovientes. De acarreo adecuado en farras, maruxainas y tropelías varias, bien sea para ser llevada sobre los hombros, al descuidado modo, como agitada en mano, o sostenida por ambas para pública exhibición.

Anda que no sabemos nada de banderas.

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