Amor ardiente

El fruto de M.C.G.G.

Una mujer me turba el pensamiento, lo ocupa y desazona desde hace horas. Se llama María del Carmen García Grela, tiene 57 años y vive en Cerceda; o mejor dicho, vivía, porque de momento le han puesto piso en A Coruña con una buena sombra para que no se acalore con estas rachas saharianas que trae de vez en cuando este agosto.

A M.C.G.G. la han pillado con las manos en la vela, cuando sembraba de incendios su alrededor, en medio de una actividad mañanera a la que venía dedicándose con evidente ardor y mensurable aprovechamiento. Vamos, que es una pirómana de la peor especie; contumaz, insaciable y destructiva.

Esta mujer que me ha robado la paz del alma disponía de un arsenal de velas aromáticas y mecheros de diferentes gamas, entre los que destaca aquél que fue diseñado para exhibir un corazón al lado de la tierra que la vio nacer, Amo Galicia. Amor fogoso, amor ardiente, apasionado y caliente; de ésos que cuando se pasan _ porque nada dura eternamente _, deja dos cadáveres de enamorados como dos chuletas calcinadas por exceso de brasa.

Se llevaba mal con los vecinos, nos dicen. ¡Toma! ¡Con los vecinos y con la humanidad entera! Se llevaba mal consigo misma porque quien se afana en semejante actividad es un pobre hombre de miras ridículas, de corto entendimiento y de mala voluntad.

Se pide para ella un encarcelamiento muy prolongado, sin acceso ni a bosques ni a chisqueiros. Pero al mismo tiempo se duda de que nuestra legislación contemple tal castigo.

Nos gustaría reciclarla como a El Lute, y si en su caso, por donde entró un quinqui salió un abogado, aquí hubiésemos apresado a una pirómana y liberásemos a una ecologista de pro. No sé. Hace horas que tengo la cabeza aturdida por esa mujer.

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