85 es 85

La entrada a Moncloa

Rajoy está optimista y si a él le basta que a 5 de agosto Rivera haya dejado entrever que existe una rendija por donde meter los dedos del pie y esbozar así un primer paso, sea; también ha de valernos a los demás, aunque con la perspectiva de llevar ocupados con la mandanga los últimos ocho meses de nuestra vida, la rendija se nos hace angosta y estrecha.

Ahora bien, nada comparado con la que le está cayendo a Sánchez y a su señora. En marzo comentábamos dentro de esta sección que quienes mejor conocen el entorno del secretario general de los socialistas no dudan en señalar a Begoña como una de las principales causas del empecinamiento de su marido en no reconocer que les han dado dos revolcones seguidos en las urnas y que hace oposiciones para que le den el tercero.

Ese argumento matriarcal ha vuelto a salir hoy, cinco meses después, como gran explicación estratégica al callejón sin salida en el que transita España. Pues ¡manda truco! Si todo se reduce a que doña Begoña Gómez Fernández quiere ser la señora de la Moncloa, Rajoy lo tiene muy fácil. La nombra ama de llaves y cada vez que venga una visita importante, se encarga de abrirle la puerta e incluso, de hacerse la primera foto en la escalinata de entrada.

Después de todo no sería una posibilidad tan disparatada. A lo largo de la historia han quedado miles de ejemplos para demostrar que la explicación de grandes decisiones radica muchas veces en pequeñas intimidades, pero en este caso, para mal.

Cualquiera entiende que quiera ser presidenta y eso es bueno metidos ambos en política. Pero debe comprender también que con 85 diputados, y bajando, solo puede aspirar a gran coalición, o a jefa de la oposición. El resto es trampa.

85 es 85. ¿Qué parte del 85 no entendiste, Begoña? ¿El 8 o el 5?

Un comentario a “85 es 85”

  1. Aureliano Buendía

    Hombre, puede que esto tenga algún fundamento, pero, personalmente, no lo creo. Que un político de cierto nivel guíe sus más esenciales decisiones por el dictado de su mujer, no me parece creíble, a estas alturas de siglo.

    No digo yo que la señora Sánchez no tenga que opinar, Dios me libre. En la decisión de su marido, ella se ve afectada como ciudadana, y más como cónyuge (tratándose de progres, debía decir “compañera”, pero soy muy antiguo y no me sale). Pero de ahí a pensar que presiona o coacciona a su marido para que se mantenga en esta carrera que, por el momento, parece absurda, va un trecho.

    Más bien será que el hombre quiere aferrarse al sillón de Secretario General del PSOE, y con su contumacia, lleva camino de conseguirlo: como siga devaluándolo, pronto no habrá nadie que se lo dispute.

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