Batallas modernas

El asesino de Cox en traje de campaña

Cierto es que venimos de una tradición sangrienta donde las guerras no eran excepciones entre períodos de paz, sino expresiones continuadas en la manera de relacionarse. La mera generalización de la palabra paz fue todo un avance porque el hombre se dio cuenta de que sin una espada en la mano, la podía ocupar con una pluma, un arado o un cincel.

Hoy seguimos teniendo guerras y padeciéndolas, pero allí donde no existen campos de batalla, urbanos o al clásico modo, hemos desarrollado numerosos grupos de personas que ejercen la violencia por los más variados motivos, al margen de la delincuencia tradicional, que te imaginas nada más nacer.

Son, por ejemplo, los pandilleros del fútbol; hordas de rapaces y talludos hombretones que se desplazan cruzando montes y estepas en busca de la ocasión propicia para partir la crisma a otros que, o bien piensan como ellos, o simplemente pasan por allí para ver un partido. Suelen cantar la canción Antes muerto que ilustrado.

Tenemos también la variedad del matón concienciado, un personaje que dice actuar al dictado de nobles sentimientos, pero que en realidad es más bruto que una broca de avellanar y lo que le gusta es montar grescas y quebrar huesos como los anteriores. Cada día conocemos nuevas variedades de este fenómeno que suele encontrar la solidaridad de gente afín si los estacazos van dirigidos contra cráneos rivales, aunque protestan vivamente, si son los propios.

Divulgan sus fazañas con fotos de las víctimas sobre dianas de tiro, cestas con cabezas rebanadas al lado de la guillotina, horcas y hogueras, todo muy tétrico y amenazante.

De los lobos solitarios, enfadados con el mundo, jardineros misóginos, fundamentalistas a tiempo parcial, pincharruedas, rompecristales y atascaburras hablaremos otro día.

Un comentario a “Batallas modernas”

  1. Aureliano Buendía

    Como corresponde a mi natural optimista, creo firmemente en que el desarrollo de nuestra sociedad conseguirá eliminar el componente violento que anida en lo más íntimo de todos los humanos… dentro de unos tres o cuatro mil años, si antes no nos hemos extinguido por el deterioro medioambiental o cualquier otro desastre.

    Mientras tanto, hemos de seguir conviviendo con esa agresividad, y combatiéndola con un arma bifronte, la que por una cara lleva la educación y por la otra el castigo, con el uso de la fuerza incluido.

    En el paralelo mundo pijiprogre en el que vivimos las sociedades occidentales, la sacrosanta corrección política, nueva religión y nueva inquisición, nos ordenan pensar sólo en la educación, y olvidarnos de cualquier respuesta a su vez violenta, aunque sea meramente defensiva y proporcionada; recuerden a aquel Ministro de Defensa que entró en el Guinness de la gilipollez cuando dijo que “prefería morir a matar”.

    Tal actitud puede conducirnos, justamente, a los efectos contrarios a los buscados.

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