Peña, el de las aleluyas

Tipo de manicordio

De las memorias que Augusto Pozzi entrega a Luis Ameijide Aguiar cuando éste preside el Círculo das Artes, con el fin de recordar tiempos pasados de la sociedad, rescatamos la mención que éste hace de Domingo Antonio Peña Fernández, maestro de capilla y beneficiado de la catedral, cuya presencia en los citados salones no pasa desapercibida a nadie.

Su dilatada presencia en el cargo está jalonada de constantes polémicas, pero tanto el cabildo como el obispado aguantan mecha, quizá para no agrandar el escándalo.

Pozzi lo recuerda enfundado en capa azul y tocado de bombín, lo que debemos entender como piezas sustitutivas del manteo y de la teja, por lo que el cura ni iba de uniforme, ni dejaba de ir.

Una de las polémicas en las que se ve envuelto Peña en 1878 se centra en su negativa a devolver a la catedral el manicordio obsequiado a la misma por el obispo de Zamora, Bernardo Conde y Corral. Vamos, que Peña había arramplado con el instrumento y lo tenía a buen recaudo en su domicilio, donde lo toca a sus visitas o en solitario disfrute musical.

Dice Pozzi que Peña dirige la tertulia artística del Círculo y como muestra de su extravagancia, cita que el maestro de capilla obliga a que los miembros o participantes ocasionales inicien sus intervenciones, o respondan a las preguntas, encabezándolas con una aleluya versificada, prueba de que nos encontramos delante de lo que hoy sería calificado a la brava como un cachondo. Son de imaginar las chanzas que se organizan.

_Y dígame, maese Peña, ¿repartió el cabildo mucha leña?

_Me llevé el manicordio y recibí un exordio.

Con todo y eso, Pozzi tiene buenas palabras para el excéntrico Peña y alaba su método musical para que la Escolanía repentice cualquier obra.

A saber cómo era.

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