La monja laica

Asunción Guitián y Caireles

Una de las constantes más negativas de la II República fue la persecución religiosa, tanto que en varias ocasiones se consideró conveniente edulcorar la realidad de puertas adentro y achacarlo a infundios de los fascistas.

Uno de esos casos fue el de la iglesia y convento de Santa Mónica de Valencia, reconstruidos en 1939 por Salvador Fons, tras el asalto y la destrucción parcial de 1936.

Para negarlo se utilizó el testimonio, entre otras, de dos supuestas monjas lucenses, Asunción Guitián, de Monforte de Lemos, y Consuelo Fraga, de Lugo. Y si decimos supuestas es sencillamente porque las manifestaciones realizadas al reportero de la revista Crónica, J. Fernández Caireles, son tan poco creíbles como las de un cenetista alabando las faldas plisadas de Carmencita Franco.

Relata Asunción Guitián, superiora del convento, que en efecto entraron en él grupos armados que lo inspeccionaron, y al no hallar nada sospechoso, les dijeron que podrían continuar su labor tranquilamente. Luego las monjas regresan a sus celdas y “todo lo hallaron en orden: cada objeto en su sitio; las estampas religiosas, las pequeñas imágenes, los rosarios, los libros de rezo estaban allí, donde ellas los habían dejado”.

Así no es de extrañar que se deshagan en elogios. “Son muy buenos para nosotras”. “¿Quiénes?”, pregunta sagaz Caireles. “Pues, los hombres… laicos”, contesta la religiosa, y otra que está al lado del periodista, añade: “No podíamos pensar que fuesen tan buenos”.

Si esto fue así, la pregunta se infiere por su propio peso: ¿Qué restaura Salvador Fons en el convento? ¿Alguna silla desvencijada? ¿Un gozne que chirría? ¿Una estampita caída de la mesilla?

Asunción Guitián, privada de los hábitos, posa sonriente con Caireles y todo parece un feliz cuento… de monjas.

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