Lolita, la de las pieles

Así de lujosas eran las clientas de Lolita

Consiguió que durante unos meses todo Lugo hablase de ella y de su lujoso proyecto. Muchos desconfiaron desde el primer momento, pero otros cayeron rendidos ante la belleza y el desparpajo de aquella mujer que aterriza en la ciudad dispuesta a derrochar glamour sobre el chapoteo de las pantuflas dentro de los zuecos.

Se llama Lolita Conde Gestal, es orensana y adorna su biografía con estancias en prestigiosos internados de monjas en Bilbao y Amberes, donde refina sus gustos y toma contacto con las altas finanzas, o al menos, eso dice ella.

Se enemista con la familia, y licenciada de colegios, se ofrece como representante a uno de los comercios más chic de París, dedicado a la venta de pieles de ensueño y tapices dignos de colgarse en los salones regios de toda Europa.

La representación le proporciona pingües beneficios, pero falta por explicar por qué ese roce con la crème de la crème y el gold gotha europeo la trae, primero a Monforte, y luego a Lugo.

Y no es que aquí no pudiese colocar visones y astracanes como para vivir a fanegadas, pero puestos a escoger clientela para los tapices gobelinos, el menos alumbrado es capaz de discurrir

dos o tres concentraciones de palacetes más densas, pues aquí los Irmandiños dejaron los inmuebles bastante destartalados.

Pensemos que le tiraba la tierra y que pensó, como en casa, en ninguna parte. Tras el paso por tierra de Lemos, se instala en la Ruanova y desde allí cubre de pieles a las damas lucenses de 1928, que es cuando encontramos a Lolita como vecina.

La competencia en el comercio peletero descubre ciertas irregularidades de la señora con Hacienda. Moderna que es ella. Pero como tiene dinero, va a dejar esa actividad para volar a mayor altura, un itinerario que tenemos que postergar a mañana.

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