Yo y el Vladimir

A más de uno se le heló el aliento cuando oyó que Hugo Chávez anunciaba en el mitin de su partido, el PSUV:
_Nosotros en Venezuela estamos interesados en desarrollar la energía nuclear.
Menos mal que al instante, el presidente venezolano añadió en ese tono campechano, bromista y simplón que le caracteriza: _Por supuesto, con fines pacíficos.
Ufff. Qué alivio. Era un sólo un chiste; eso sí, un chiste con hechuras de excusatio non petita. No se extrañe nadie de que algunos malintencionados vean en la puntualización de don Hugo una acussatio manifesta.
Por nuestra parte no existe ninguna duda sobre los fines médicos, altruistas, de generación de energía y de todas esas cosas que va a traer el reactor nuclear prometido por Vladimir, nombre con el que Chávez alude a Putin en sus alocuciones multitudinarias; vamos, una cosa así como cuando dices: “Íbamos yo y el Manolo”; pero a las masas.
Sin embargo no es necesario dudar de los más sublimes cometidos a los que se destinará el ingenio de los rusos para estremecerse. Como esta vez el ingenio no está destinado a producir azúcar, sino energía nuclear, y como los arrebatos que le dan a este buen hombre son incontrolables, un reactor en sus manos se parece bastante a una Luger tirada en el patio de una guardería, durante cualquier hora punta de los recreos. Lo más probable es que no pase nada, pero hasta que la profe se da cuenta y retira la pistola, se viven unos instantes de angustia.
Les dejo con una bonita encuesta destinada a los amables internautas de esta columna:
¿Tiene derecho Chávez al reactor?
A.- Sí, como todo hijo de vecino.
B.- Sí, pero es un peligro.
C.- No. (Razónese la respuesta).

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