Sabina de Chantada

Dama de la Caridad atendiendo un enfermo y San Vicente de Paúl

Sabina está cargada de años y pobreza. Tanta que es una de las personas atendidas en Chantada por las Damas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Vive encamada en el barrio de Lama das Quendas, cerca de la salida hacia Centulle, y allí la visitan y socorren las damas paulinas.

Estamos en 1920, los necesitados abundan y el dinero escasea. El caso de Sabina es extremo, y las damas exponen al párroco que reúne todas las condiciones para ser ingresada en un centro benéfico. Sin estar pendientes de Sabina, ellas podrían atender a tres o cuatro personas más.

Lo consiguen y la mujer deja Lama das Quendas para ocupar cama pública. Allí recibe algunas visitas ante las que gusta mostrarse con un collarón de perlas que en el decir de las gentes vale una fortuna. Un día le llega una carta en la que se le comunica que ha muerto una persona que la reconoce en su testamento como su única familiar y Sabina se acuerda de ella. “¡Ah! Sí, el hoy Canónigo. Ahora solo quedo yo”.

Los comentarios sobre el collar y sobre la muerte del eclesiástico llegan a oídos de un caballero que huele la existencia de un capital, más grande que pequeño, entre la joya y la herencia del canónigo.

Con esos pensamientos visita a Sabina en su lecho y le propone irse a vivir con ellos, donde estará mejor cuidada en un ambiente familiar. A Sabina le parece de perlas, haciendo juego con el collar, y allá que se va. Durante años es atendida con mimo por el espontáneo benefactor, hasta que una tarde el hombre se sincera: “Ya que usted no tiene familiares y dados los cuidados que le dispensamos, ¿no sería justo que me nombrase heredero?” A Sabina le parece correcto y así lo hacen.

Gran decepción se llevará el filántropo a la muerte de la mujer, pues el collar era una baratija y el pariente, ni fue eclesiástico, ni un duro tenía. Simplemente, se llamaba Eloy Canónigo.

Comenta