El último milagro (I)

Jesús Latas Folgueira

Los milagros son como las meigas. “Non existen, pero habelos hainos”.

Estamos en mayo de 1918. José Venancio Rey, coruñés de 29 años, y su mujer, Ramona Vázquez, de 32 y natural de Sobrado dos Monxes, son vecinos de Lugo y padres de seis hijos, dos de los cuales viven con ellos.

José se ha quedado sin trabajo en la brigada municipal de A Coruña, y se traslada a Lugo para buscarlo, pero aquí sufre una parálisis que le deja inútil de ambas piernas. Ramona también padece ataques cerebrales. Sin medios de ganarse el pan, recurren a la caridad vecinal. Una familia los acoge en Miraz, los socios del Casino hacen una colecta, el ayuntamiento les ofrece productos del decomiso y Ramón Saavedra Salgado les gestiona un crédito para que puedan abrir una taberna en el Campo da Horca, dentro de la llamada Ronda de A Coruña.

Los domingos organizan bailes al aire libre y comienzan a llegar ingresos, aunque esto no signifique mejorar de sus dolencias. Pero el domingo anterior a la Ascensión, los guardias de Seguridad interrumpen el baile y les chafan el negocio por asuntos de papeleo burocrático.

El disgusto es tal que ambos se agravan de sus males. José solo puede llegar al cuartelillo apoyado en sendas muletas, aunque allí se comprueba que sí tenían los permisos correspondientes.

Entonces la familia Saavedra Salgado pone el caso en manos de su amigo, el médico Jesús Latas Folgueira, que los examina y emite su dictamen. Ambos sufren manifestaciones de origen sifilítico de tercer grado. Lo de José Venancio es una militis y en Ramona se presenta con fenómenos cerebrales, pero ambos son de idéntica causa, la sífilis. Los trata con yoduro y mercurio sin que en los primeros momentos se obtenga mejoría. En su opinión, las manifestaciones están ya muy arraigadas.

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