El prohijado valiente

González Páramos, al frente de una de las bandas que dirigió

La guerra de Marruecos es una continua sangría para las familias españolas. Más de 26.000 soldados dejan allí su vida a lo largo de los catorce años de duración, pero quizás el caso de José Moreno Aragonés sea uno de los más desgraciados, ya que en julio de 1921 pierde en el Rif a su padre y a su madre, “asesinados por las hordas rifeñas”, como repite la prensa española en latiguillo ofensivo.

El muchacho, sin otra familia cercana, es prohijado por el director de la banda municipal de Lugo, a la sazón el músico Juan González Páramos, sin parentesco con otra saga lucense de apellidos quasi idénticos.

Todos los periódicos, no solo los de Lugo, se hacen eco del gesto que honra para siempre al “director notable, perfecto caballero y gran corazón”, títulos que le concede el ABC y corrobora El Progreso.

Se pide para él la cruz de Beneficencia, pues rasgos así la han merecido, pero no tenemos constancia de que llegue a materializarse.

Todo esto ocurre entre diciembre de 1921 y enero del año siguiente, pero la familia González Páramos / Moreno Aragonés va a volver a las páginas de los diarios muy pronto, en mayo de 1922.

Con los primeros calores, el día 10 de ese mes, una decena de muchachos de Lugo bajan ya a las orillas del Miño y cerca del puente romano se dan chapuzones refrescantes. Uno de ellos, Juan Manuel Yáñez, se confía demasiado, pierde pie y se va al fondo.

El grupo prorrumpe en gritos desesperados viendo cómo Juan Manuel se aleja y se hunde, pero sin que nadie apueste por sus propias capacidades natatorias. Nadie, hasta que José se lanza de cabeza y lo rescata con riesgo para su vida. ¿Pensaron entonces los lucenses en el orgullo que sentirían sus padres fallecidos en Melilla? Sí, claro; muchos lo hicieron y González Páramos, el primero.

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