La encuesta media

Siempre me he preguntado si los encuestadores se encuestan entre ellos

Las diferencias entre las cuatro encuestas con las que se despidió noviembre son abismales y coincidentes. Todas coinciden en que gana el PP y en que Podemos será el menos grande de los grandes. Difieren en los porcentajes de apoyo y en las siglas que ocuparán el segundo y tercer puesto, dos a favor de Ciudadanos y dos a favor del PSOE. Demasiada volatilidad demoscópica. Algunas diferencias llegan a los nueve puntos, que es un mundo.

Para limar tantos picos, las hemos sumado y dividido por cuatro para hallar la media aritmética, como mandan las matemáticas, y éstos son los resultados.

Por supuesto, el PP sigue ganando con una media del 26,85. Le sigue el PSOE, con un redondo 22,22; Ciudadanos alcanza el 20,1 y Podemos, un 15,91. No nos agradezcan la operación. La hizo una calculadora.

Como se puede apreciar, ninguna combinación de dos sumandos alcanza el cincuenta por ciento, mientras que en las encuestas individuales, tal maravilla se produce tan solo en una de ellas, cuando al 27,1 del PP se le agrega el 23,0 de Ciudadanos. Es un cincuenta por ciento raspado, pero es.

Eso no quiere decir que su traducción en escaños no dé mayorías parlamentarias, pero advierte sobre la fragilidad en la que nos movemos a veinte días de las urnas.

Sin embargo no todo es volátil e inconcreto. Algo claro nos dejan estos sondeos de noviembre y ello es que al menos tres encuestas se equivocan, sino las cuatro. No es mucho, la verdad, pero así se mantiene el misterio, como las madres que se niegan a saber de antemano el sexo del ser que llevan dentro.

Y tal como ocurre en esos casos, digamos lo que dice a las puertas del paritorio. Que sea una hora corta y que el niño venga con salud. Lo vamos a tener que aturar, no toda la vida, pero al menos cuatro años.

2 Comentarios a “La encuesta media”

  1. forneas

    Me temo que a los encuestadores se les está viendo el plumero. Vaya galimatías
    interesado.

  2. Aureliano Buendía

    Yo siempre creía que las encuestas se las inventaban, porque me parecía imposible que, después de tantos años, y de miles o millones de encuestas, no me hubiera tocado a mí ser escudriñado por la demoscopia.

    ¡Pues no, oigan! Hace un par de semanas, recibo una llamada en mi teléfono móvil (a ver de dónde han obtenido el número) y una voz melodiosa con acento de las Américas de abajo, me pregunta si quiero participar en una encuesta electoral.

    Suelo ser bastante arisco con todo tipo de publicidad o encuesta telefónica, pero me cogió en buen momento, y le respondí afirmativamente.

    La amable muchacha comenzó a desgranar sus preguntas: recuerdo de voto, intención de voto, valoración de líderes… Estuvo sus buenos diez minutos conmigo.

    Y yo respondí puntualmente a todas las cuestiones… sin decir, en ningún momento, la verdad. Mentí en el recuerdo de voto, mentí en la intención de voto, invertí la valoración que tengo de los líderes políticos… ¡una maravilla, oigan!.

    La rapaza agradeció mi colaboración, ignorante de que el material que acababa de proporcionarle era absolutamente falso, y yo me despedí muy gentilmente de ella.

    Cuando colgué, me encontré satisfecho, como niño que acaba de hacer una travesura y no le han pillado.

    La cuestión es, ¿cuántos tipos tan cafres como yo corren por ahí?. Porque como sean, o seamos, muchos, la fiabilidad de las encuestas va a verse seriamente perjudicada.

    ¿O tendrán también en la “cocina” mecanismos para descontar, no el “sesgo”, sino la mentira pura y dura por parte del encuestado?.

    Pronto lo veremos.

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