La falsificadora de Becerreá

Duro de Alfonso XIII niño, auténtico y falso

En el Madrid de los años veinte, a Irene Vázquez Fernández le llaman la Gallega. Nada original ni nada extraño, pues ha nacido en Becerreá treinta y dos años atrás, contados desde 1925.

Vive con Eduardo González Luna, alias el Cojo, también por evidencias, lo es. Tienen un rapaz de 12 años, Celestino, que todavía no gasta apodo, pero al que ya le despunta el bigote. El crecimiento rápido de aquellos tiempos.

Los tres forman el núcleo duro de un taller de moneda falsa. Llamarle fábrica sería ponernos finos y generosos. Radica el negocio en la calle Martínez Campos del Puente de Vallecas y lleva en funcionamiento lo suficiente como para haber despertado el interés de la policía por la Gallega, que es la encargada de colar los duros falsos y regresar con el cambio, la parte mollar del gatuperio.

Han detectado su paso por una pescadería de la calle León, un bar de Amor de Dios, una zapatería de Huertas y una pastelería de la Magdalena. En este último comercio, Irene acaba de dejar un duro sobre el mostrador. “Es falso, amiga”, le dice el dependiente. Ella lo retira y pone otro. “Éste es hermano del anterior”.

Los agentes del comisario Fagoaga caen sobre la Gallega y mientras la interrogan, detienen a Celestino, que sin querer, los conduce hasta el obradoiro. Allí encuentran cuatro kilos de escayola para los moldes, 72 piezas de a duro sin terminar, cientos de monedas de dos pesetas con las regias efigies de don Amadeo de Saboya, Alfonso XII, Alfonso XIII niño y las republicanas; estaño, galena, plata, polvos de calamina, ácidos y todo lo necesario para el matute.

La provincia de Lugo, que ya gozaba de merecida fama en el difícil arte de la falsificación, agranda su leyenda con las andanzas de la banda de la Gallega, condenada a tres años y siete meses.

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