Don Horacio, el héroe

Globo de la época con su lastre

El lucense Horacio García Fernández y sus compañeros aeronautas, el francés Salmon y el brasileño Arther, dejan el globo donde lo habían posado y caminan detenidos hasta el ayuntamiento de Custrin. Allí son interrogados sobre su misión, que las autoridades alemanas suponen, sin lugar a dudas, de espionaje.

Mal que bien explican que no, que solo son aventureros en busca de un récord de vuelo libre. Horacio se muestra indignado por el trato que reciben y un policía le pone una pistola al pecho. Estamos en 1913 y no se admiten bravuconadas. Luego son encerrados en tres celdas sin posibilidad de comunicarse.

La policía revisa el globo de arriba abajo por si porta armas o algún objeto sospechoso, pero claro, no las encuentran. Más tarde vuelven a interrogarlos dos oficiales del Estado Mayor de Custrin y cuarenta y ocho horas después son puestos en libertad, no sin antes cumplimentar las mil y una exigencias requeridas.

Alzan vuelo a toda prisa y se sitúan entre los 1.000 y los 1.400 metros. Salvan una fuerte tormenta, sobrevuelan Bélgica y allí bajan. Lille, que estuvo pendiente de sus andanzas, organiza un gran recibimiento al saber que regresan sanos y salvos. Los miembros de la Emulation Aerostatique du Nords, el Aero Club y el ayuntamiento de la ciudad se vuelcan con los tres héroes. La noticia traspasa fronteras y se publica en toda la prensa europea

Maide Prósper, viuda del sobrino de Horacio, Francisco García Bobadilla, recuerda que en la familia siempre se comentó la reacción del padre del aeronauta, Francisco García Sobrino, cuando un amigo lee en un periódico francés la crónica del viaje:

_Ese monsieur García del que hablan es mi hijo.

En ocasiones posteriores recordaremos nuevas aventuras de don Horacio.

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