El desmesurado Prudencio

Prudencio, cuatro años antes de su muerte

Viene hoy a este espacio un hombre que ha de repetir visita porque toda su vida, corta pero intensa, es un continuo borbotar de ventoleras, de ideas, de excentricidades y genialidades que desbordan cualquier continente donde queramos archivarlas.

Es Prudencio Iglesias Hermida, al que en mala hora se les ocurre a sus padres darle ese nombre en el Lugo de 1884, porque el personaje atiende a las más variopintas etiquetas, pero jamás a la prudencia, muy poco a las iglesias y nada a los eremitas.

Escritor prolífico, suelto y tremendista que reparte estopa en la década de los diez del siglo pasado, enviado especial a la I Gran Guerra, aunque quizá no salga de la habitación del hotel, tenía Prudencio la gracia y la frescura para llamar siempre la atención, para prender al lector y para zarandearle sin tregua en cada párrafo.

Se bate en duelo varias veces y en una, contra el redactor jefe de Nuevo Mundo, Antonio García Linares, nada menos que en el Teatro de La Zarzuela, lo pilla la Policía con una herida en la muñeca. Suerte para él.

Solicita ser iniciado en la logia Ibérica del Gran Oriente Español, pero dudo que los masones lo aguantasen mucho tiempo, y él a los masones.

En un artículo pide para él el capello cardenalicio y que lo nombren arzobispo de Toledo, porque de lo contrario “le doy seis tiros a la campana gorda”. En otro, dedicado a los periodistas ancianos, les desea la pronta muerte porque no le hacen caso. Él siempre fue joven porque muere a los 35 de bronconeumonía. Y para que vean que no lo hace por interés _ lo de desearles la parca _, dice ser dueño de minas de oro en Alaska y pozos de petróleo un poco más abajo. Volveremos a verlo pronto. La provincia de Lugo debería hacer algo con Prudencio. Lo que no sé es qué.

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