Rosa de Mondoñedo

San Pedro corta la oreja a Malco

Rosa es muy guapa y un poco tarambana, como corresponde a sus 18 abriles. Ha venido a Mondoñedo para trabajar en las casas y ahora, en este 3 de septiembre de 1821, cuando la sorprendemos en la calle a la caída del sol, sirve en la posada que todos llaman de la Silana, quizá porque su ama procede de las tierras del Sil.

La posadera le ordena un encargo y Rosa se dispone a cumplirlo, aunque no se siente segura iniciada la noche. De hecho, se sobresalta cuando un militar interrumpe su camino y le pregunta si es Rosa, la que trabaja para la Silana.

Ella responde que sí y el hombre le pide que lo acompañe a un lugar más retirado, pues tiene que entregarle un mensaje secreto que le dirigen desde Lugo.

Rosa desconfía de la propuesta, pero finalmente accede. La inquietud inicial se transforma en pánico cuando veinte pasos más allá ve a dos mujeres agazapadas que cree reconocer. Vienen a por mí, piensa la joven, y trata de huir, pero en ese instante, el militar y las emboscadas caen sobre ella.

Le embadurnan boca, ojos y narices con puñados de pimentón y la echan al suelo. Allí, indefensa y asfixiada por el picante, comprueba con horror que una de las mujeres se ha llevado por delante su oreja izquierda. Es un corte limpio con navaja barbera que ahora vuelve hacia la derecha con las mismas intenciones.

Rosa patalea y el tajo no puede completarse. Mejor hubiera sido, porque la barbera agarra con fuerza su ya única oreja y se la arranca, llevándose también parte del carrillo.

Los tres rematan el ataque con más pimentón que restriegan en las heridas y le envuelven los pabellones en el dengue antes de darse a la carrera.

Rosa se deshace en dolor mientras reconstruye la historia. Son la mujer de un sargento retirado y su criada, en cuya casa ha servido con demasiado cariño. Los celos inspiran aquel despiece.

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