La tendencia imparable

El rostro de la tendencia

Me alertan sobre una modalidad de unboxing que hace furor en las redes, y a mí esas cosas me ponen, pues nunca pierdo la esperanza de que un día haga furor algo que merezca la pena. Vana ilusión.

Por lo leído hace años, sé que unboxing es desempaquetar ante una cámara los nuevos productos que salen al mercado, especialmente los tecnológicos, comentarlos con la máxima objetividad y colgarlos en YouTube para que sus posibles compradores tengan información sobre ellos sin el partidismo publicitario, una actividad que está muy bien y que es útil si la realizan usuarios expertos.

Pero no podía ser eso, porque lleva diez años en uso y el furor que provoca es limitado. De modo que en averiguación del cuerpo del delito, pincho la muestra que se propone como máxima expresión del éxito _ el top trending topic trucha _, y me encuentro con una señora que abre su bolsa de la compra y dedica sus buenos minutos a comentar su contenido; que si unas tortitas de sobaos pasiegos, que si unos salvaslips que cunden mucho, gracias a las segundas puestas, imaginamos; que si patatín, que si patatán.

Total, que el furor se circunscribe a lograr un marujeo de altas prestaciones, con el agravante de despojar al unboxing de su supuesta independencia comercial, porque la comunicadora en cuestión atufa a producto subvencionado que tumba.

Las cifras de Google Trend no engañan. La tendencia del fenómeno se dispara en los últimos cinco años. Menos mal que los máximos responsables de que tal ocurra residen en Sri Lanka, India y Pakistán. Si buscamos qué tendencia experimenta, por ejemplo, el término Platón, observaremos un descenso suave, pero paulatino y constante. Un descenso que conduce directamente a la inanición cultural, pero cuando eso suceda ya no habrá nadie para extrañarse.

Un comentario a “La tendencia imparable”

  1. Aureliano Buendía

    Durante años, el mundo padeció porque la información y la cultura eran patrimonio de unos pocos, los que tenían medios y conocimientos (conocimientos tan sencillos como la lectura o la escritura, sólo al alcance de una mínima parte de la población).

    Ahora, el mundo padece (y padecerá más) por el absoluto desbordamiento de los cauces que transportan la información. Hemos tenido que llegar a esta situación para percibir que, quizás, el hecho de que todo esté al alcance de todo el mundo no supone ventaja alguna.

    Cuando la gente ya no recibe información, tiende a ahogarse en ella, en lugar de procesarla y pensar sobre su contenido. Sin contar con el hecho irrefutable de que al menos el 80% por ciento de lo que circula por los nuevos y masivos cauces de información (TV, internet, ahora las redes sociales) es, con perdón, pura mierda.

    Y no soy en absoluto partidario de limitar los contenidos ni su circulación. Por tanto, no le veo solución al problema, a corto plazo.

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