Sin oficio ni beneficio

San Juan de Dios

Al sacerdote beneficiado de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Lugo, Aniceto de Montes y Panjarín, se le acaba un buen día el beneficio por estar incurso en ejecución de conductas que el obispo Aguirre juzga graves, sin mayor concreción ni detalles.

A don Aniceto le duele el castigo, tanto en el corazón como en el bolsillo, y haciendo honor de su antigua condición beneficiaria, se aposta bajo el Pantocrátor, recubierto de manteo y con la teja extendida en petición de limosna, cual mendigo de necesidad, pues se ha quedado sin sustento.

A las pocas horas, si ya antes era comidilla de tertulias, se convierte en tema central de murmuraciones. Algunos fieles le evitan la mirada y otros se acercan para soltar dentro de la teja los céntimos que llevan.

La prensa se preocupa del asunto y un redactor se le acerca para que narre sus desgracias, pero el hombre, como el Ebro a su paso por el Pilar, guarda silencio. “Son cosas que no pueden decirse en este momento”.

Don Gregorio María Aguirre no solo padece el desafío porque lo sabe, sino también porque lo ve desde los ventanales de Palacio, de modo que le manda recado para que cese en su actitud pedigüeña ya que agrava su escándalo de hora en hora.

Como la mayoría de los lucenses no están en el ajo, los rumores se multiplican y donde puede haber un delito de faldas, se añaden otros de simonía, perjurio, desobediencia y hasta de hereje se tilda a don Aniceto.

Aguirre pide auxilio a la autoridad civil para que sea detenido conducido a San Juan de Dios, el hospital de San Bartolomé anexo a San Froilán, dando a entender que el cura necesita cura.

Y así, el inspector de vigilancia, señor Ferrer, con el auxilio de dos guardias, pasean a don Aniceto por Palacio, Cruz, Traviesa, Armanyá, Santo Domingo y San Marcos.

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