La cestita de Caperucita

El papá de Caperucita, en pleno éxtasis electoral

Caperucita Roja, la hija del presidente de las Cortes Valencianas, no iba a casa de su abuelita, sino al Festival Rototom. En su cesta de la merienda llevaba siete bolsitas de éxtasis para veinticinco amiguitos y unas hojas de marihuana para otro número indeterminado de conocidos, pues en el cuento no se detalla la cantidad de arbusto que portaba, ni si era indica o sativa. Caperucita iba haciendo lo que vulgarmente se dice el camello.

En una encrucijada del bosque de autopistas que conducen a Benicasim se le aparece el lobo, que en esta ocasión se había disfrazado de policía, y le pregunta: “¿A dónde vas, Caperucita?” y ella contesta: “Al Rototom, con mis amigos”. Después, el lobo mira dentro de la cesta y encuentra éxtasis como para colocar al Orfeón Donostiarra. Aquello no le gusta nada al lobo y se la lleva directamente al calabozo, donde el juez exclama: ¡Caperucita, qué pastillas más grandes tienes!

Y no es que fuesen grandes, sino que eran muchas.

El papá de Caperucita se puso un poco nervioso cuando le contaron el trance de su hija con el lobo y lo primero que se le ocurre es decir que a lo mejor había una especie de trama policial contra la niña, porque al fin y al cabo era roja como él.

En vista de que la trama sonaba a cuento chino y en realidad el cuento era valenciano, el papá de Caperucita pasó a establecer otra base de defensa haciendo de ella una perfecta samaritana que ocultaba la cestita para así salvar a sus acompañantes en el coche. “Dejadme a mí, que mi papá es president”, o razonamiento parecido.

Pero como por ahí tampoco le iban bien los argumentos jurídicos, pidió “respeto a la vida privada de los que tienen una presencia pública”, que es una frase muy bonita para pronunciar cualquier político cuando le pillen borracho a 200 por hora con el carrito del helado. Fin del cuento.

Un comentario a “La cestita de Caperucita”

  1. SEito

    Compro mís impunidades con votos, era el título de la película .

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