El hotel

La torre, azul y grana

Experimento una atracción insoslayable y un placer reparador al leer juntas dos palabras, Colau y recula. Los periódicos se han llenado de ellas en los últimos días y si las unes para pedirlas en un buscador, aparecen 22.000 resultados, aunque no siempre va una detrás de la otra. Eso sería extraordinario porque ella no es la única que lo hace.

Literariamente es un hallazgo onomatopéyico, una bella aliteración como las aladas almas que Miguel Hernández dedica a Ramón Sijé; pero políticamente es mucho más, es como la síntesis del momento, el poema que Monterroso escribiría para no gastar en tinta lo que cabe en la punta de un alfiler.

Ya no importa lo que venga detrás para regodearse en la contemplación estética, pero aun así, lo diremos. Se refiere a la torre Agbar, cerca de donde estaba el Monumento al Metro _ el de medir, no el de viajar por debajo de la tierra _, y que ha sido trasladado a la Meridiana, lugar oportuno y consonante al símbolo.

Sin embargo, lo importante es el sujeto y el verbo. Cualquier predicado vendrá bien para acertar, porque solo los sabios rectifican y Colau está demostrando que lo es, aunque otro Hernández, José, opine en su Martín Fierro que cuando la mula recula, señal que quiere cocear. No es el caso, por Dios.

Los propietarios de la torre que debe su bonito nombre a la sociedad que gestiona las Aguas de Barcelona habían decidido que hoy o ayer apagarían las luces nocturnas que la convierten en el punto más sobresaliente de la ciudad, pero la alcaldesa lo ha evitado con su hermoso recular. ¿No es fantástico?

Seguramente la invitarán cuando se inaugure el hotel de lujo que se proyecta, comerá en sus salones gambas con gabardina y descubrirá una placa en su fachada que ponga en letras de oro bien gordas: “Este hotel ha sido posible gracias a que Colau recula el tantos de tantos de dos mil y tantos”. En catalán, por supuesto.

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