El viaje

Andrómeda encadenada

Allá en los albores, cuando todavía resonaba en los aires la rima más coreada de Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía, Pujol proclamó urbi et orbi que catalán era todo aquel que viviese y trabajase en Cataluña. Punto. Era un mensaje tranquilizador para los españoles y para los residentes no nacidos allí, que ya entonces veían las orejas del lobo nacionalista como una amenaza contra sus derechos comunes a cambio de otros que sería necesario bajar desde la nebulosa de Andrómeda.

Es cierto, están muy lejos, se dijeron. Además, han gritado tan fuerte sus ansias por el estatuto de autonomía, que es imposible llegar hasta allí.

Bueno, los derechos siguen en Andrómeda, pero desde aquel mismo instante en que Pujol define qué es un catalán hasta hoy, los requisitos han aumentado una barbaridad y ya no basta con vivir y trabajar; ahora también hay que envolverse en la estelada, votar a determinada lista unitaria, hablar catalán y renunciar al castellano, decir que España nos roba aunque Montoro incremente un 25 por ciento la financiación y en fin, tener fe en que Andrómeda existe, pese a que la nave vaya dando tumbos por el espacio y el capitán que los manda repita cada dos por tres Ahí está, ahí está, como hacía Magallanes con su estrecho para animar a la marinería.

La verdad es muy distinta a todo eso. Ni el capitán es el dueño de la nave aunque enarbole la bandera pirata, ni la mayoría de los que ponen la pasta _ salvo Montoro, que está obligado _, quieren jugársela con un tipo que no es de fiar. Los que están dentro huyen del barco con disimulo, por lo menos para poner a buen recaudo la sede social. Y los que pensaban ir siguen pensándoselo, como haría cualquier explorador si ve que en su camino se abre un charco de arenas movedizas.

El capitán pirata anuncia que Andrómeda está el 27s, pero ninguna carta náutica lo corrobora. Si toca puerto es que todas están equivocadas y que vivimos en un mundo de coña.

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