El tamaño importa

Sánchez bicolor

Banderón español, corte de pelo clásico, traje impecable, camisa blanca y corbata roja. Ésa fue la imagen con la que don Pedro Sánchez se presentó como candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno. Una puesta en escena sin la más mínima concesión a especulaciones desviacionistas, ni a seducciones populistas. También es verdad que él era el único de los presentes con traje y corbata, pero en ello iba el mensaje.

Más guiños en el lema El cambio que une. Las dos primeras palabras, en minúsculas y cursiva con una especie de virgulilla roja sobre la a de cambio, imposible de reproducir mecanografiada. Las dos últimas, en versales y subrayadas. ¿Más importancia a la unión que al cambio? ¿Cambio acentuado en rojo? ¿Capricho del creativo?

Caben todas las posibilidades, pero donde no parece haber ninguna duda es en el banderón o banderaza. A ver cómo se las arregla Rajoy para poner una más grande detrás de su atril. Vamos, que ni bajando la que ondea en la Plaza de Colón.

Dicen que muy pocos asistentes al acto del Price conocían el escenario, pero también dicen que después de frotarse los ojos, todos coincidieron en dedicarle sus parabienes. Lo raro sería lo contrario.

Pero la conformidad con el escenario no impide la formulación de la pregunta malvada: ¿Habría mandado colgar la banderaza Pedro Sánchez si no acabase de aupar en el poder a muchos de los que apuestan por retirarla de despachos y fachadas, aunque sea de menor tamaño?

Vamos a responder que sí, porque el gesto del Price bien se lo merece y porque escuchar las voces lastimeras de quienes se lo reprochan, reacios a abandonar el enfrentamiento de las dos Españas con el reloj parado, es lo más retrógrado que hoy se pueda concebir.

Un comentario a “El tamaño importa”

  1. Aureliano Buendía

    Mientras el uso de la bandera nacional en un acto político sea noticia, esto no será un país, ni una nación, ni siquiera un “concepto discutido y discutible”.

    Este es el país del odio, donde mejor lo cultivamos y más lozano crece. Durante unos años, pareció que estábamos en camino de mejorar de nuestra dolencia: había un cierto respeto en la lucha política, y salvo el doloroso fenómeno del terrorismo etarra, parecía tenderse a la paz como situación aceptada. Pero no fue más que un espejismo.

    Luego, vino Zapatero, intentando ganar la Guerra Civil con efectos retroactivos, y la cosa empezó a torcerse. Y para culminar, llegó la crisis económica, con sus perniciosos efectos sobre la cohesión social. Como consecuencia de todo ello, comenzaron de nuevo a abrirse los abismos por los que tantas veces se ha despeñado la sociedad española a lo largo de la Historia.

    Tengo por seguro que del proceso de transformación en que nos hemos embarcado, sin saberlo en muchos casos y sin quererlo en otros, va a salir una España muy distinta. Tan distinta que, cuando esto acabe, lo más normal es que le falten uno o varios trozos. Y, en lo que quede, habrá menos libertades, tal y como las hemos entendido en los últimos 40 años.

    Y no hay forma de evitarlo. Bastante bien librados saldremos si en el camino no tenemos que pasar otro enfrentamiento civil, u otra dictadura, o ambas cosas, en serie o en paralelo.

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